domingo, 1 de marzo de 2026

Lectores de Ferrer Lerín 135

 ¿Es Francisco Ferrer Lerín el visionario total de la literatura española?

Santiago García Tirado

En 1970 la poesía española entró en convulsión al salir de imprenta la antología Nueve Novísimos poetas; pocos recuerdan hoy que ya entonces se dijo que quien iba delante abriendo camino era Ferrer Lerín, Francisco. En esa misma década, y antes de que existiera el nombre, Ferrer Lerín promovió la sostenibilidad exigiendo cambios en los reglamentos de la época a fin de que se implementaran medidas de corte ecologista. Porque, por si no lo sabían, la otra faceta del autor es la de biólogo, experto en ornitología. Y la otra, la de artista experimental y referente de lo que él mismo denominó Arte casual. El hombre de ojo poliédrico, el creador inquieto, estuvo siempre poseído por el vicio de morder cada manzana prohibida que se le puso a mano, y de ello dan cuenta obras como La hora oval, Níquel, Bestiario, Familias como la mía, Casos completos o Besos humanos. Tiene 83 años -del 1 de enero, o sea, que andará por los 84 al salir de imprenta estas líneas- y cuando todo parecería aconsejarle un retiro calmo, vuelve a las andadas con el anuncio de seis nuevos tomos suyos para el 2026. Nada de lo humano le es indiferente, y nada de lo moderno puede parecerle auténticamente moderno a alguien que, como él, ya pareció vislumbrarlo todo desde el otro siglo.


Ferrer Lerín sigue dando señales de una creatividad saludable. Y ahí está la prueba: acaba de romper el alba de este 2026 con Metazoa. Presencias faunísticas (Jekyll & Jill) y le van a seguir algunas entregas más en diferentes editoriales. En Metazoa Incluye una selección de casos, textos divergentes, breves pero eficientes, inopinados, cuánticos. Mirados uno a uno solo admiten un adjetivo común: ferrerlerinescos. Se les podría rastrear antecedentes literarios en vanguardias de aquí y de allá, pero él apunta a un hito más pedestre: “La escritura pericial, forense, judicial, los informes de los atestados de la Guardia Civil, siempre despertaron mi interés. Esa redacción concisa, apretada pero efectiva, resolutiva, limpia de adornos, es el vehículo perfecto para plasmar el material almacenado en mi cerebro y a punto de desbordar que, a menudo, es la narración de un sueño o de un suceso sorprendente acaecido en la inmediación espacial y/o temporal”. Insiste siempre en que la brevedad es para él innegociable. Y se busca un símil que da cuenta de cómo las gasta cuando advierte que el texto se debe parecer más “a una barrita energética que a un plato de sopa”. Bien. Que no se diga que la teoría literaria es evanescente. Al menos dista de serlo para Ferrer Lerín.METAZOA COVER.jpg


Podría empezar destripando este libro que el calendario sirve en bandeja, porque es actual, porque da el pie para indagar en un autor de alta relevancia en la literatura de los últimos 50 años, pero piso el freno y opto por otra vía. Voy a levantar, con la colaboración del propio Ferrer Lerín, una instalación artística. Aquí, en papel. Algunos de los planteamientos: en ella toda su obra tiene que aparecer en acto, materializarse como un único producto estético, en un solo lugar, en un mismo instante -esta conversación-, y a la vez ser capaz de mostrar la variedad de sus obsesiones. Sus pesquisas, sus juegos. Su maquinaria inventiva. Si dejamos en suspenso el rasgo “+ fecha” de sus obras podremos poner a prueba mejor aquello que decíamos al principio sobre la constante de novedad que mueve la creación de Ferrer Lerín.




Apud.jpg

Hagámonos una idea de la instalación: desde el centro, Ferrer Lerín, de pie sobre una roca, señala aleatoriamente a diferentes puntos. Es un gesto nervioso, que nunca rebaja su ritmo de cambio. No hay puntos pretéritos ni puntos futuros, todos están en presente continuo, todos se superponen en el momento en que son señalados, de manera que todos se pueden entender al mismo tiempo como en un acto supremo de intuición -a la manera que los padres decían que actuaba la mente de Dios-. Ferrer Lerín señala, pero también se encoge, se crispa, se contorsiona, se queda perplejo. Como en la portada de su libro Apud. Textos críticos sobre Arte Casual en la obra de Ferrer Lerín.



Mientras dura esta charla-instalación debe sonar de fondo una playlist, la que se usó en la exposición Ferrer Lerín. Un experimento, que tuvo lugar en la Universidad de Málaga, y que está disponible en el Soundcloud del propio autor. Un detalle impostergable: sobre la cabeza del autor gira constantemente una pareja de buitres, como los que se sostienen en un día despejado gracias a alguna corriente de aire vertical. Se ven minúsculos desde el suelo, pero es importante que permanezcan ahí, girando sin descanso. Ahora sí, estamos listos para comenzar el repaso de los temas que interesan a Ferrer Lerín. Y a nosotros, claro.


Ironía
No hay sitio adonde mirar en la obra del autor que no sea un receptáculo de ironía. Está en el planteamiento, en la resolución y en el propio desarrollo de los textos. No es un adorno, es una consecuencia de una manera de estar en el mundo. “Tendemos, cada vez más, a tomarnos las cosas en serio, a despreciar la ficción equiparándola a la mentira, a sentirnos agredidos por individuos mentirosos que además cobran por serlo. Ese rótulo que acompaña a telefilmes, e incluso filmes, que nos tranquiliza diciendo que se trata de una historia basada en hechos reales es un indicador del estado de la opinión”. Ironista con galones -como Kierkegaard, como Sócrates- mira a su alrededor con la distancia justa para que nada capitalice el ojo y acabe arruinando ningún punto de fuga. Así se trasluce en sus relatos, a menudo disparatados y en guerra con la realidad estricta. A veces la ironía ha mutado fuera del texto, y le ha dado ocasión de poner a prueba al auditorio, como aquella vez en la que presentaba un acto con Félix de Azúa y sobre la marcha fue mixtificando con que él había sido hijo del veterinario del canódromo de Barcelona, mientras que de Azúa -¡Azúa!- era hijo del trapero que remendaba la liebre mecánica. Pese a todo -insistía- la relación entre ellos había sido siempre cordial, y de respeto pese a la asimetría. A la salida del acto, un veterinario jubilado se acercó a felicitarlo por sus buenos sentimientos y su actitud generosa con la gente socialmente inferior. La broma pone el fiel de la balanza en su sitio, y Ferrer Lerín siempre ha reconocido que somos un país difícil para la ironía: “Somos un país de humor grueso, basto, con exceso de chistes de lavabo, como los de aquellos dos cómicos catalanes, Pitarra y José Santpere, que siempre salía en escena, este último, en calzoncillos y camiseta de albañil”. 


Si decimos que este aspecto de la instalación es crítico es porque sabemos de las consecuencias. No somos gente que admita fácilmente los sentidos implícitos o el desajuste léxico que lleva al humor. “Andrés Sánchez Robayna [había sido su compañero de estudios] me entrevistó para una revista estudiantil que él dirigía, recriminándome duramente por haber utilizado el humor en el relato biográfico “Rinola Cornejo y el estrangulador de Boston” que yo había publicado, gracias a la intermediacion de Antonio Fernández Molina, en la revista Papeles de Son Armadans, relato por el que, lo que son las cosas, fui felicitado por el director de la revista, Camilo José Cela. Robayna vino a decir que la literatura y especialmente la poesía no se merecían ser manchadas por el humor, opinión por cierto también compartida por Jorge Luis Borges”.


Lo animal
Lo animal omnipresente, y el humano que debe asumir su condición y entenderse con las otras especies. ¿Dónde iba a tener acomodo, sino en la literatura de un autor que convive con un biólogo? En sus textos los animales se niegan a ser confundidos con el paisaje y reclaman protagonismo. No están ahí porque los humanos los relatan, están en el sentido machadiano, porque son autónomos e intervienen en el mundo. Los animales desatan el conflicto en la trama, o colisionan con la vida del protagonista o son ellos mismos narradores o llegan, en casos de sublimación, a ser la forma final de la metamorfosis de un ser humano. 


Metazoa tiene como subtítulo Presencias faunísticas y se organiza en bloques como “Amphibia”, “Aves”, “Invertebrata”, “Mammalia”, “Reptilia”. “La intrusión de la etología y la nomenclatura faunística han conformado mis relatos llevando a extremos de pura animalización del protagonista, o sea yo, que conversa, con toda naturalidad, con insectos y responsabiliza de su suerte a testudínidos de agua dulce”. Es muy relevante que el propio autor se inserte en ese fenómeno, y que se identifique como el que conversa con lo animal “con toda naturalidad”. También en esa intuición de naturalidad, Ferrer Lerín se anticipa a postulados de lo que más tarde se llamará posthumanismo. En Manifiesto Cíborg Donna Haraway justifica así la necesidad de entenderse con lo no humano: “quizás podamos aprender de nuestras fusiones con animales y máquinas cómo no ser Hombre, la encarnación del logos occidental.” Ferrer Lerín, que no solo entiende que el hecho es inexorable sino que es, además, capaz de barruntar sus desviaciones posibles apunta a la estupidización del trato con lo animal: “Habrá que intentar no frivolizar esta nueva filosofía y me refiero, por ejemplo, a prestar la atención debida a esa aberración que consiste en convertir en protagonista, en el campo de nuestras preferencias pequeñoburguesas, a esa tendencia auspiciada por el comercio y la industria que es el animalismo, a costa de sacrificar el ecologismo, tan arraigado que parecía estar entre el público juvenil capitalista urbano”. 


Lo posthumano, ya sostenido por un programa de pensamiento, ha dado títulos como Autobiografía de un pulpo, de Vinciane Despret, donde el humano pierde su prerrogativa de intérprete supremo para ser ellos mismos, los animales, quienes se expliquen; y Ursula K. LeGuin ya mucho antes había planteado algo similar en un relato donde las hormigas dejaban relatos escritos aprovechando fluidos diversos de su naturaleza. De nuevo la crítica del Ferrer Lerín científico y observador parece anticiparse a la infatuación posible de la teoría: “Las hormigas, como el cardumen, oficializan el concepto del no individuo, son el grupo, eso sí con diferencias de clase dentro del mismo”. Ahora bien, de lo que no duda es de que en alguna medida ellas se comunican: “Que en esos grupos se hayan establecido unas marcas, unas normas de conducta que sean anunciadas, transmitidas siguiendo determinados rituales llamativos para el ser humano… pues seguro”.


La lucidez de Ferrer Lerín lo obliga a huir por sistema de cualquier simplificación que se quiera imponer a un hecho de este calado. Y el falseamiento siempre es una posibilidad, como en otros ámbitos, si nos atenemos tan solo a la formulación hecha por autoras y autores del Occidente blanco y anglosajón: “¿Cómo encara el hombre occidental su relación con el animal? Pues de modo distinto a como la encara el hombre asiático y, no digamos, el hombre africano. Son obviedades. ¿Que esa relación resultará cada vez más dulcificada a medida que suba el nivel de vida y las teorías animalistas prosperen? Pues también”. 


Fronteras
La frontera entre ciencia y literatura es, como se puede colegir, otro de los temas en los que Ferrer Lerín se revela como reputado observador. Pero puede desconcertar que en sus obras aparezcan compartiendo espacio informes técnicos, relatos fantásticos, relatos realistas, incluso una serie de textos que recuperan relatos falsos creados como leyendas populares en torno a monstruos supuestamente avistados por testigos. ¿Qué le lleva a consignarlos a alguien que descree de las supersticiones y la mixtificación y que abomina de la criptozoología y cualquier otra pseudociencia? Pues lo hace precisamente porque asume los papeles de la ciencia y literatura sin confusiones: “En la literatura, en la ficción, cabe todo tipo de juegos más o menos apoyados en verdades científicas, en sucesos verificados, pero que permitan siempre salir, apartarse con facilidad del concepto ‘dogma’”. ¿Hay que rendirse finalmente a la idea de lo líquido, con los beneficios que reporta a la posverdad esa suerte de confusión donde todo aserto reclama legitimidad, donde cada afirmación se sostiene en tanto se da por válida cualquier fuente, todas las fuentes por igual? “La honestidad ante todo”, dice Ferrer Lerín. Sin embargo hay una frontera porosa entre ambas formas de conocimiento, lo que no resta valor de verdad a ninguna de ellas: “Creo que la frontera, si la hay, está cada vez más mermada, y que la ciencia resulta cada día más dispuesta a facilitar argumentos creativos, y que en cualquier caso lo mejor será dejarla al albur de los acontecimientos. Y no pienso siquiera en IA”. Entonces, ¿cómo se puede sustanciar la cohabitación sana entre ciencia y literatura? La obra completa de Ferrer Lerín es el ejemplo práctico, el mejor modelo de cómo pueden cohabitar y retroalimentarse mutuamente.


Un relato
“Participé en las Conversaciones de Formentor de 2023 celebradas en un hotel espectacular, que recuerda al de El resplandor, ubicado en la antigua estación internacional de ferrocarril de la localidad oscense de Canfranc, en la frontera con Francia. El lema de las Conversaciones de ese año giraba en torno a cíborgs, androides y humanoides, por lo que mi intervención se centró en un libro, antecesor de Terminator. Pues bien, esa misma noche, después de cenar, cuando ya se cerraban las puertas del ascensor que me iba a llevar a la cuarta planta, vi como una mano, luego un brazo, interrumpían el cierre y se colaba un individuo alto, con aspecto de muy mala salud, extremadamente delgado y con el pecho tan sumamente hundido que no me quedó más remedio que preguntarle si es que no se encontraba bien. Carlos Fumanal Rodrigo, que así dijo que se llamaba, era un pectus excavatum, alguien aquejado de una deformidad tremenda, de un esternón casi pegado a la columna vertebral por el hundimiento frontal de la caja torácica, en su caso desde el nacimiento, y que cuando alcanzó la edad apropiada fue sometido a una operación pavorosa, le colocaron una placa de titanio para intentar adelantar esternón y pared torácica; ahora, quizá por el frío o la altitud, el titanio había comenzado a moverse, a retirarse a una posición dorsal y Carlos sabía que iba a morir. Bajé del ascensor en mi planta y él siguió hacia arriba, lo que resultaba sorprendente dado que según constaba la cuarta era la última. Nunca más supe de él. Aunque la mañana siguiente, durante el desayuno, alguien habló de una avería en el ascensor, que unos metales habían quedado aprisionados entre los engranajes de la maquinaria. Este era un caso de hombre biónico, quizá un caso exagerado”. 


El canon
Ferrer Lerín pertenece a esa clase de autores a quienes seducen tantas pasiones que no les queda más que repartir entre todas su fuerza creadora. Amorosa y simultáneamente, sin complejos, sin remordimientos. Como a ello hay que añadirle su condición de merodeador, siempre atento a novedades, siempre dispuesto a pisar terra ignota, Ferrer Lerín parece haber estado en todas las fiestas y en ninguna. No ha sido parte de ningún grupo poético, no ha sido escudero, no se ha dado al cabildeo, ha optado por ser escritor y artista sin deudas. Lo más cerca que ha estado de un grupo ha sido en los sesenta del siglo pasado, con Los Novísimos. No fue su intento estar allí -y no está en la lista que elaboró José María Castellet- pero enseguida se lo señaló como “padre nutricio de la secta novísima”. Él mismo se apresta a diluir la confusión: “Nunca pretendí erigirme en cabecilla y mi única relación con el grupo fue la amistad con Pedro Gimferrer y Félix de Azúa, sustanciada en encuentros por las calles de Barcelona”. E insiste en su condición independiente: “Desde luego, el concepto “generación”, que a veces se ha barajado, no tiene razón de ser por lo que respecta a mí”. Sabe que esa condición de merodeador que lo define le ha podido perjudicar en la difusión de su obra, pero nunca ha lamentado su decisión de crear e investigar en escenarios diversos. IMG_2429.HEIC


Valoración crítica
La crítica le ha brindado siempre una atención justa, con todo y ser un espíritu libre. Y aquí hay que traer a colación otro de los libros que publica en el 2026, Memoria de los sueños (Contrabando), un conjunto de textos que durante décadas fueron apareciendo en medios diversos, y que permiten destripar el fértil mundo creativo de Ferrer Lerín. Firman los textos Vicente Verdú, Carme Riera, Pedro Gimferrer, Manuel Hidalgo, Ignacio Echevarría, Félix de Azúa, Antón Castro, Fernando Valls, Túa Blesa, Nuria Azancot y muchos más en lo que constituye -prácticamente- todo el corpus crítico existente en torno a la obra literaria del autor. 


Frente al problema de su extensión a lo largo de cincuenta años Ferrer Lerín ofrece una homogeneidad de procedimiento que lo hace único. En el epílogo de Besos humanos (Anagrama, 2018) Ignacio Echevarría achaca este hecho “al rigor con que desde un comienzo ha ejercido sus propios presupuestos. Debido –cabría decirlo así– a su anómala pureza”. Ferrer Lerín sabe que esos presupuestos no siempre han sido bien entendidos, y que ahí estriba la razón de que con frecuencia lo arrojen, sin más, al capítulo de los raros. Como respuesta a los simplificadores, una buena dosis de ironía: según él, lo de raro le viene de su amplio currículum como “agente secreto, profesional del póquer, apaniguador de necrófagos, prospector y acelerador de situaciones incómodas, industrial del sector cárnico, propietario de canteras de mármol de época romana y director de numerosas entidades inclusive algunas de ellas sin ánimo de lucro”. Pero hay más en la coda:  “Reconozco que soy culpable de haber hablado de ellas en la novela Níquel, pero, por el tiempo transcurrido, pienso que ya he expiado la culpa y, en este momento, preferiría que sólo se elucubrara acerca de mi poesía y prosa”.


Conclusión (provisional)
¿Qué queda tras una obra vasta, cuidada, desvergonzada, irrefrenable, proteica como la de Ferrer Lerín? A la pregunta -que todo ser inteligente se hace en algún momento- Ferrer se anticipa a darle respuesta en un relato en el que narra su propia muerte y las consecuencias que de ella se derivan. Es otro de sus ejercicios audaces de salto al vacío, en los que es experto. “La muerte es el gran recurso para un escritor. Es el único cierre válido para un relato y, a veces, para un poema. Por otra parte, en mi caso, la muerte ya se ha convertido en un hecho sin relevancia en sí misma, pero sí de relevancia en sus prolegómenos y en sus consecuencias. Me refiero a que el periodo agónico me preocupa, me preocupa mucho, y hay que acortarlo o, sin más, suprimirlo, y, también, en el campo de las consecuencias, considero indispensable mejorar los resultados en cuanto al grado de abundancia de recuerdos que mi obra suscite. Para lo primero el sicario es mejor solución que la burocracia que rodea la eutanasia activa, de hecho ya negocio con un grupito de pistoleros amables. Para lo segundo, para el mantenimiento y difusión de mis recuerdos, la gestión la llevará a cabo una empresa de la que me han hablado muy bien, y que no es nada cara”.


Y ahí está: en un texto tan breve se encierra la esencia de lo que está siendo, de lo que ha sido, de lo que será Ferrer Lerín más allá Ferrer Lerín.


Más Ferrer Lerín:

La exposición Ferrer Lerín. Un experimento tuvo lugar en la Universidad de Málaga, entre octubre de 2018 y enero de 2019. El catálogo está disponible en: https://www.umaeditorial.uma.es/libro/ferrer-lerin-un-experimento_1543/


A propósito del Arte Casual dos libros recopilan la crítica vertida en diferentes medios a lo largo de los años. Se trata del ya citado Apud. Textos críticos sobre Arte Casual en la obra de Ferrer Lerín (Libros del Innombrable) y del Atlas de Arte Casual (Jotdown Books).

--

Santiago García Casado
Revista Quimera, nº 506
Febrero 2026

No hay comentarios: