Desde lo alto planea un buitre. Nunca se me había ocurrido que eran criaturas gigantes. Siempre las vi en las películas. Personajes observados al microscopio de una pantalla sometida a las exigencias de la ficción. Nada de una historia "basada en hechos reales" cuando el buitre desciende hacia la carroña y picotea monstruosamente los restos de carne putrefacta. Alguien la dejó ahí, esparció trozo a trozo los despojos aún sanguinolentos, la tierna textura de sus tejidos tendidos en la tierra infértil de un descampado solitario. Tierna, textura, tejidos, tendidos, tierra, infértil… me salió así la ‘t’ repetida hasta la expatriación de la gramática hacia territorios donde desaparece lo normal para dar paso a lo que aparentemente no lo es. A lo mejor fue normal, pero ahora ya no lo es. Como el vuelo apoteósico de un buitre que planea con las alas extendidas y dan, entre las dos, más de tres metros de anchura suspendida en el aire de la sierra. Las montañas de Jaca, como las que Lovecraft levantara en sus relatos llenos de chillidos que si no eran de ratas o de hienas gigantescas se les parecían mucho.
Conoce bien ese descenso faunístico Ferrer Lerín porque más que escritor fue y sigue siendo un merodeador, ese vigilante atento, incansablemente atento a lo que vuela o se arrastra por los paisajes considerados, con una miopía que asusta, territorio exclusivo de lo humano. Planea con el buitre la pregunta, si hablamos de Lerín y lo que escribe y lo que mira y lo que vive: ¿qué es lo humano en los relatos de un escritor seguramente único en el rutinario panorama literario español contemporáneo?
Escribió y dejó de escribir durante muchos años. Se dedicó a otros oficios que nada tenían que ver con la literatura. La verdad es que el oficio de la literatura nunca fue el suyo si entendemos la literatura como algo fijo en la nómina de lo puramente convencional: "Soy ornitólogo de campo, oteo el horizonte, descubro aves, y las observo". Lo que dice él mismo de la ornitología: "Una ciencia que permite adentrarse en el conocimiento de la conducta de las aves". Todo eso y mucho más en Metazoa, el último (hasta el momento en el que escribo) de sus libros publicados, esta vez en una espléndida edición (¡qué belleza!) de la casa Jekill & Jill. El subtítulo aclaratorio: Presencias faunísticas. Porque eso es este libro que viene de la suma de muchos otros textos anteriores. La literatura es escarbar en la tierra removida de criaturas que dimos por muertas cuando nada en ellas se parecía a la muerte sino todo lo contrario. La deformidad siempre fue patrimonio de la escritura exigente, de esa que deja huella profunda y no un simple intercambio de identidades con el nombre y la dirección de un mercado anclado en lo superfluo, cuando no directamente vinculado con la desvergüenza literaria. La escritura de Lerín no es buena y aún menos complaciente amiga de lo que se lleva. Es tan real que sólo se ajusta -si es que se ajusta a algo- a los cánones del sueño. Nada de rareza cuando leemos o hablamos de los textos lerinianos. Eso lo dicen quienes leen bajo las imposiciones funerarias de unos gustos que nada tienen que ver con la literatura, sino con un chalaneo ferial entre fervorosos tratantes de una mercancía averiada. "¿… Es el tiempo del sueño lo que de verdad se está acabando?", escribe en Cheruta, uno de los más hermosos relatos de este libro perfecto. Y digo perfecto porque lo es en el aparentemente caótico armatoste sobre el que se construye su férrea estructura (y disculpen ustedes lo de férrea: me parece una palabra cursi), porque es en el lenguaje de la destrucción donde se asienta la vida que las presencias faunísticas de Ferrer Lerín nos ofrecen como una forma de descrédito de una realidad adulterada por un exasperante conformismo en la literatura y en todo."Quizá el más agradecido de mis oficios sea el de buscador de hápax", concluye hacia el final de este libro radicalmente inabarcable. Siempre Lerín a la búsqueda de la palabra única que aumente las dimensiones de una escritura que no se acaba nunca, que la mira y se mira a sí mismo con ironía de sabio inconformista y se dice y nos dice que no hay nada más serio en el mundo que el humor, sobre todo si ese humor no descuida lo que uno escribe y principalmente lo que uno escribe de sí mismo y del entorno más próximo que siempre lo acompaña. Y es que nunca sabremos con exactitud si lo que cuenta en sus narraciones, en sus ensayos, en sus poemas es real o se lo inventa sin que la verdad se resienta porque la verdad de lo que se dice está en la escritura y ahí, en ese siempre confuso territorio donde se mueve a sus anchas el cinismo, es Ferrer Lerín un auténtico maestro. No en el del cinismo, sino en el de la verdad, aunque seguro que él se ríe de esa palabra porque no le gustan las palabras que pesan de una excesiva gravedad.
Cierro este breve recorrido por la vida y la obra de Francisco Ferrer Lerín con las palabras de José Luis Falcó, uno de nuestros mejores amigos (lo digo en plural por la parte que me toca), en el prólogo de presentación a Mansa chatarra: "En el caso de Ferrer Lerín, el entrecruzamiento de lo real y lo ficticio, de lo autobiográfico y lo imaginario, de la bibliofilia y la anécdota, de los espacios reales y los fantásticos, de la ensoñación y los sueños han desempeñado un papel fundamental que, como el lector podrá comprobar, ha ido creciendo con los años". Eso mismo se lo pueden felizmente aplicar quienes se acerquen a Metazoa, no buscando cobijo entre las alas extendidas de un buitre que planea sobre la carroña en el descampado de la literatura, sino todo lo contrario. Ningún refugio en la gran, en la magnífica escritura de Ferrer Lerín. Sólo intemperie bajo las alas del buitre. Sólo intemperie. Sólo.
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Alfons Cervera. Diario Levante. 21.03.2026
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