lunes, 17 de junio de 2013

Soy cecina



Un hijo, Castaño, criado a mis pechos, errabundo durante décadas, reaparece ahora para asesinarme y fotografiar mis restos caramelizados. Un pérfido vástago, cuya partida de nacimiento se recoge al final del relato “Igualitos” del misceláneo Papur

“Embarazada Conchita Pemartín, nos vemos obligados a huir, a dejar la ciudad e instalarnos en el campo, y con las lluvias y los vientos de la primavera se produce el parto, y sería por la fuerza que nuestra extrema juventud transmite a la criatura, o por lo saludable del entorno, lo cierto es que necesitamos más leche que la de Conchita, y yo por simpatía o por solidaridad, aunque entonces no existían estas dos palabras, conformo dos abultamientos y un calor localizado hasta romper esa especie de tapón, como de vial medicamentoso, y empiezo a echar calostro a chorros quizá salvando así la vida de nuestro voraz hijo Castaño.”
   

Fotografía: Castaño Senra

sábado, 15 de junio de 2013

Brillo

Reconozco que se me fue la mano con el abrillantador de zapatos pero los mocasines nuevos color burdeos se lo merecían. Me esperaban en el vestíbulo del hotel y el delegado del gobierno se adelantó para abrazarme al tiempo que profería un estentóreo “¡qué zapatos tan brillantes!”. Me fue presentando y, cada pocos minutos, como para recordarlo o para que yo lo recordara, seguía con la cantinela “¡qué zapatos tan brillantes!”, circunstancia que llevó a los concejales, e incluso al alcalde, cuando íbamos hacia el salón de conferencias, a no dejar de mirar mis zapatos que, la verdad, brillaban con insospechado fulgor. Para mi desgracia, a los miembros del foro nos sentaron, en el estrado, sin la protección de una mesa, por lo que el intenso lustre quedó expuesto de modo inmisericorde a la voracidad de los ojos de la cruel audiencia. Luego, al entrar en el comedor, y después en la sala de los espejos, el delegado no dejó de pronunciar la frasecita. Salíamos a la calle, a esperar que los coches nos recogieran para ir a la ópera, cuando vi al delegado del gobierno avanzar hacia mí, sonriente, casi carcajeante, y, antes de que abriera la boca, le clavé en la carótida el bolígrafo regalo. Al abrir la zanja para echar el cadáver me ensucié los mocasines con el polvo de la rastrojera; el brillo mutó a mate. 

lunes, 10 de junio de 2013

Dos encuentros


Venían pegados a la fachada norte del convento de las Benitas. Caminaban ligeros, agarrados del brazo y con el semblante algo agarrotado por el frío. Los reconocí en seguida. Él, Joaquín Marcona del Rosario, recientemente fallecido, ella, su fiel mujer, de la que desconocía el nombre. No me sorprendió ver a Marcona por ese lugar, sabía que ese tramo de la calle Mayor era su territorio habitual de campeo, y tampoco la forma de caminar, pegado a las fachadas y del brazo de su fiel mujer. Pasaron sin saludarme, pero lo achaqué al agarrotamiento de sus semblantes; es más, cuando me monté en el todoterreno, al encararme con el retrovisor, vi también el mío agarrotado. Iba a la finca Larbesa, llovía, y, al parar en la curva de los chopos muertos, descubrí cómo avanzaba, en un vuelo planeado dificultoso, un ejemplar de milano real que, pese a estar empapado, lograba alcanzar una rama del mayor de los árboles, rama tan delgada que se dobló al posarse. Supuse que era una de las momias de aquel espantoso ensueño.    


martes, 4 de junio de 2013

Lobos

Ángel Cabrera Torres (1879-1960) fue un zoólogo madrileño que en una de sus más famosas obras, Fauna ibérica; mamíferos (1914), describe, a partir de dos ejemplares vivos de la colección zoológica del Parque de Madrid, una nueva subespecie para la ciencia, Canis lupus deitanus. Este mamífero, según Cabrera, sería el lobo propio de las sierras paralelas a la costa mediterránea, siendo en concreto Moratalla, en el distrito orospedano, el lugar de procedencia de los ejemplares del Parque de Madrid. Cabrera dice que Canis lupus deitanus es mucho más pequeño, ligero y esbelto que Canis lupus signatus, el lobo del resto de la península ibérica, que su coloración tampoco es la misma y que, fundamentalmente, lo que llama la atención es su aspecto chacaloide. Ahora, naturalistas marroquíes, han grabado por primera vez en el macizo del Rif a tres ejemplares salvajes de lobo africano, Canis lupus lupaster; lobo que se creía extinguido en ese enclave. El lobo de Cabrera, cuya existencia ha sido tradicionalmente negada por la comunidad científica, y el adiva (o adive) nombrado por Cervantes en el Quijote ¿podrían ser C. l. lupaster, esa fantasmal criatura recién hallada en el norte de Marruecos?     

sábado, 1 de junio de 2013

Dos jóvenes protestantes hablan en el metro sobre El mundo no se acaba



-- Simic, a primer vista, parece un buen poeta, pero
si insistes notas que no es tan bueno; algo falla, quizá
que viene de un país del Este y que fue pobre.
-- Sí, la poesía, es una profesión de ricos. 


miércoles, 29 de mayo de 2013

Viaje en pos de la belleza (femenina)





Cuenta Catalinete que no podía llevar falda porque se la levantaban, y no localiza; quizá fuera en Burdeos. En la discusión sobre el título de mi nuevo libro empieza con mucho brío pero va perdiendo fuelle; propone Besos humanos pero Lo sompni gana adeptos. Se trata de una persona inestable que no cae bien a nadie.  

lunes, 27 de mayo de 2013

La duda


¿Quién es ella?
¿La violinista pelele?
¿El calamar colosal?
¿Aguaherrada, aquella en la que se ha apagado hierro candente?
¿Joyce Mansour?
¿Calavera?
¿La que siempre decía que estaba escribiendo?
¿La que hablaba de lo negro?
¿Malena Cortijo?
¿Quien se convirtiera en plancton?
¿La transvirada?
¿Roger Federer?
¿Publicidad de crema Xhekpon?
¿Alguien de apellido ‘Plato’?

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Dibujo de finales de los sesenta. Autor desconocido.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Marfil

“Una boca pequeña como una hendidura de bordes afilados”, escribo en  http://ferrerlerin.blogspot.com.es/2012/10/lo-de-arriba_14.html, y ahora, fruto del azar, encuentro explicación a ese género de bocas. Mi amigo Cepelín Roberto, recién llegado de Egipto, me telefonea muy excitado para que nos veamos sin dilación. Viene a casa y me entrega, con gestos de impaciencia, un paquete de regular tamaño, envuelto en papel de estraza, que desenvuelvo sobre la mesa alcanforada de mi despacho: es un cuchillo de marfil, de colmillo de hipopótamo, utilizado por las madres de la etnia Ashwiili para abrir la boca de las criaturas que nacen con la boca cerrada, exactamente con la boca sin abrir o, aún más exactamente, sin boca. Las madres saben que el agujero está ahí debajo, y no yerran, unos centímetros de desviación convertirían en inservible al recién nacido, derivándolo de inmediato al placer de las hienas.      

martes, 14 de mayo de 2013

The Nightmare















































“El nombre español no es demasiado venturoso: el diminutivo parece quitarle fuerza. En otras lenguas los nombres son más fuertes. En griego la palabra es efialtes: Efialtes es el demonio que inspira la pesadilla. En latín tenemos el incubus. El íncubo es el demonio que oprime al durmiente y le inspira la pesadilla. En alemán tenemos una palabra muy curiosa: Alp, que vendría a significar el elfo y la opresión del elfo, la misma idea de un demonio que inspira la pesadilla. Y hay un cuadro, un cuadro que De Quincey, uno de los grandes soñadores de pesadillas de la literatura, vio. Un cuadro de Fussele o Füssli (era su verdadero nombre, pintor suizo del siglo XVIII) que se llama The Nightmare, la pesadilla. Una muchacha está acostada. Se despierta y se aterra porque ve que sobre su vientre se ha acostado un monstruo que es pequeño, negro y maligno. Ese monstruo es la pesadilla. Cuando Füssli pintó ese cuadro estaba pensando en la palabra Alp, en la opresión del elfo. Llegamos ahora a la palabra más sabia y ambigua, el nombre inglés de la pesadilla: the nightmare, que significa para nosotros ‘la yegua de la noche’. Shakespeare la entendió así. Hay un verso suyo que dice, I met the night mare, ‘me encontré con la yegua de la noche’. Se ve que la concibe como una yegua. Hay otro poema que ya dice deliberadamente the nightmare and her nine foals, ‘la pesadilla y sus nueve potrillos’, donde la ve como una yegua también.”       

En Siete noches Jorge Luis Borges recoge siete conferencias que pronunció en 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires y que fueron revisadas por el propio autor de forma previa a su publicación impresa. De una de las conferencias, que tituló “La pesadilla”, se extrae este texto. Un texto que no deja de sorprender en un narrador impecable si sospechamos que el cuadro que De Quincey vio, Borges no lo vio (o nadie lo vio por él), ya que resulta extraño que sólo mencione al pequeño monstruo y no a la gigantesca yegua, elemento capital en la especulación etimológica.    


lunes, 13 de mayo de 2013

Iconografía 10
















































"Subo a la giralda y por la escalera pienso en A Bao A Qu y en el silencio que preví."
('Mansa chatarra'. Ciudad propia. Poesía autorizada. Pág. 160)

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    G. Peyró Roggen. A las siete. 2000.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Nube de palabras




          Nube de palabras creada por Antonio Viñuales Sánchez a partir de El Bestiario de Ferrer Lerín.
          Las nubes de palabras de todos los libros aparecerán en http://caminosdepakistan.es/
       

domingo, 5 de mayo de 2013

El muro


Coroné el muro. Sin dificultad. Y desde arriba vi lo que no quería ver, una inmensidad gris en la que el cielo, o las nieblas y nubes del cielo, se confundían con el horizonte, no muy lejano. Decidí seguir, progresar hacia el Norte, pese a lo tenebroso e incierto de lo que imaginaba. Tanteé la posibilidad del salto, mas la tierra que se me ofrecía debía de ser pantanosa y temí quedar atrapado. Descendiendo esa cara oscura del muro, como una salamanquesa, adherido, lento, recordé aquel viaje a Alemania a observar pigargos, aquel atardecer o amanecer en que paré el coche y me acerqué, caminando, al muro que cerraba el septentrión. Y esto era lo mismo: frío, humedad, silencio. Avancé. Usaba zancos. Y, a unos metros, difuminada, surgió una forma. El Crucificado, pensé. Pero era mujer, Kelly LeBrock. Transformada. O en transformación. Y al acercarme, ¿o se acercaba ella?, cobraba luz, y mucho color. Esa mujer, cómo apareció, ni siquiera sé si se encontraba allí. Formada, sin duda, por retazos de otras, lucía falda de muselina, refulgente, que ondeaba sin que soplara el viento. Quise abrazarla. Así de pie. Contra la nada. A mi manera. Tan grande la pasión, que desperté. Y no era yo. 

lunes, 22 de abril de 2013

Malena Cortijo



Me hablaron de una mujer muy alta, y fui a verla. Con las mujeres altas se baila bien, se viaja bien, quedan bien, te hacen quedar bien. A veces, sin embargo, se trata de seres deslucidos, de naturaleza olvidada, que sólo son buenos si se ven por detrás, vestidos. Pero aquí el material era de calidad; una hembra cómplice, divertida, proclive a la perplejidad espontánea y un aspecto general barcelonés que hubiera complacido a mis queridos padres. Pero se malogró pronto. Sería su relación con Blatta, sería la ingesta desaforada de taxina o serían las secuelas de aquel atropello por una Berlingo, pero la cuestión es que la perdí. Me olvidaba, contrajimos matrimonio, una boda relámpago, muy oportuna, que me ha permitido disfrutar de los pingües beneficios del negocio familiar: un moderno taller dedicado a la fabricación de bupis, esas braguitas de espuma coloreadas, velcradas, de carácter superficial.  


miércoles, 17 de abril de 2013

Cara de pito



Durante muchos años no supe qué hacer con los brazos. En un relato de 1962 titulado “Cojo”, incluido en ese libro Edad del insecto que no acaba de ver la luz, se habla de esa anomalía anatómica. Pero ahora el problema lo tengo en la boca, exactamente en los labios. El otro día viendo en la tele a un individuo que tiene como profesión silbar, “sólo sé silbar y quiero ganarme la vida silbando”, intenté emitir un silbido, “yo era bueno en eso” pensé, y no salió nada, a lo sumo un chorrito de aire ensalivado levemente ruidoso. Y ahora, como cruel testimonio, recibo las fotos de la presentación de Hiela sangre en Valencia y, en una de ellas, en la que se me ve firmando un ejemplar a la rapsoda Amparo Andrés, aparezco con el morro en forma de trompetilla, idéntico al del casi extinto desmán de los Pirineos –Galemys pyrenaicus-.



lunes, 15 de abril de 2013

Una luz


Cuenta el canónigo de la iglesia de San Nicolás, en la ciudad de Valencia, que existe un punto, situado a siete metros de la veleta del campanario, en sentido Norte, que no ha sido alterado. Pido más información y me explica que ese punto es, en realidad, una esfera de veinte centímetros de radio compuesta por aire luminoso ya que nunca ha sido hollado por los cuerpos emplumados e impuros de las aves voladoras. Al anochecer contemplamos la torre desde la plaza, y la esfera, suspendida en la nada, resplandece.

sábado, 6 de abril de 2013

Los viejos


Volvieron. Un grupito de seis, tres activos, los demás complacientes, colocaban a una persona contra un muro; una persona de negro, con un chambergo rojizo, en posición de crucificado. No excesivamente crueles, uno ebrio, celebraban con regocijo la ocurrencia. ¿Colaboraba el monigote? Hubo un intento por su parte de despegarse pero pudo ser un juego, formar parte del mismo. En la pantalla quedaban bien, a la gente les gustaban. Yo, entre espectadores de edad provecta, como correspondía a la media, disfrutaba con la cinta pero quizá aún más con los comentarios. Noté que mi espalda no se apoyaba directamente en la butaca y quizá tampoco mis posaderas; una chica atractiva, sin duda propietaria de muslos rollizos y endiablados, estaba debajo de mí, exactamente yo estaba sentado encima de ella. La rara postura no impidió que se sincerara; que los viejos la tocaban, que ahora aguardaba pero que en cuanto pudiera iría con ellos, y no quedó claro si era a cambio de dinero y si se trataba de los viejos que ocupaban la platea o de los viejos que salían en la película. Me llaman Celia, eso dijo.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Hombre polilla

 
Policiaca

Aparece en zona serrana el llamado hombre polilla

El Mexicano

2 de abril de 2009


Jesús Manuel Ruiz Sánchez / El Heraldo de Chihuahua

Chihuahua , Chihuahua.-"Es enorme, sus dos alas abiertas están casi de lo ancho de los dos carriles de la carretera, tiene pelo en la cara, ojos grandes y tiene una especie de bulto a la altura de la frente, parece humano, pero como que no tiene cuello, no se parece en nada a un murciélago", relató en exclusiva para El Heraldo de Chihuahua Humberto Erivez Cera.
El joven, de 23 años de edad, tuvo el encuentro con el humanoide volador el 6 de marzo en el seccional de La Junta, Guerrero, a la altura de "El Puente sin Nombre", justo a un costado de las huertas manzaneras de "La Norteñita", donde el animal volador lo persiguió por más de 12 kilómetros sin atacarlo, "sólo me volteaba a ver y me intentaba adelantar", explicó.
Continuó narrando que él se dirigía rumbo a su casa, y que fue a la altura del kilometro 131 de la carretera Cuauhtémoc-La Junta cuando se percató de que algo estaba en el pavimento; explicó que parecía un hombre muy grande, con algo en la espalda, como si fuera una mochila, pero que luego dio dos pasos y lo iba siguiendo.
"Primero escuché como aleteos, pero muy fuertes, los escuché detrás de la camioneta, por lo que comencé a ver por el espejo retrovisor, fue cuando vi que esta cosa me iba siguiendo y al ver que había notado su presencia voló como rumbo a las huertas y luego regresó rápidamente y se me emparejó, justo a un lado de mí, iba volando si mucho a dos metros de la camioneta", indicó.
El joven comenzó a temblar frente a los reporteros, pero continuó relatando que su reacción inmediata fue comenzar a gritarle palabras altisonantes para que se alejara y acelerar a fondo a la camioneta.
"Fue cuando le llamé a mi mamá y le dije que pensaba que ya me iba a morir porque la muerte me iba siguiendo, y me comencé a desesperar porque por mucho que le aceleraba el animal se me emparejaba, era muy rápido".
Indicó que incluso tuvo problemas para ver, porque por el miedo y la desesperación sus ojos se le llenaron de lágrimas, porque pensaba que sería atacado.
"Afortunadamente sólo me volteaba a ver, me fijé mucho en sus ojos porque no los quitaba de mí, y como que se me quería meter delante de la camioneta, como que le atraía la luz", indicó.
Luego de esto señaló que de pronto se alejó, por lo que aceleró a fondo a la camioneta para llegar a su casa, donde ya lo esperaban despiertos sus padres a quienes les narró su odisea.
Concluyó solicitando a las autoridades que tomen en cuenta lo que está pasando en la zona, ya que, dijo, por las dimensiones que tiene el humanoide fácilmente se podría llevar a un niño pequeño o agredir a alguna persona.

 
Características del Humanoide Volador:

-Altura más de 2 metros y medio
-Color, café opaco 
-Tiene pelo en todo el cuerpo, incluso en el rostro 
-Tiene dos pares de alas, dos pequeñas y 
dos grandes, que son las que utiliza para volar
-Las alas están cubiertas o de plumas o de pelambre también café
-Tiene una protuberancia muy grande a la altura de la frente.
-Tiene dos brazos y dos piernas como los de un hombre
-Sus ojos son muy grandes, de forma redonda en la parte interna y afilados en la externa.

lunes, 18 de marzo de 2013

Iconografía 9
































"La bella Judalón, nativa predilecta.
Y el caballero François de Capestang,
leal a la Corona."

(Hiela sangre. Pág. 83)


sábado, 16 de marzo de 2013

E.G. Marshall


Hablaba con E.G. Marshall. En un lugar recogido. En un recodo de una plaza grande de capital de provincia. Estábamos solos y nuestro trato, y los gestos, no arrojaban luz sobre el grado de amistad, quizá reciente. Luego, mientras avanzábamos por un amplio camino, comprobé que E.G. Marshall pertenecía a esa aristocracia rural que se asoma a la ciudad pero que siempre regresa al campo. Un médico, sin duda, hombre de baja estatura, frente inclinada, prognato, trajeado en gris, camisa blanca abotonada hasta arriba y corbata guardada en un bolsillo interno. El camino cruzaba un páramo inmenso en el que un río había excavado la tierra rojiza. Quise detenerme, en varias ocasiones, para contemplar el sobrecogedor paisaje pero Marshall lo impedía, me daba conversación, no quería que me diera cuenta de qué lugar era este, de su devastación y su silencio. Llegamos a un punto en que un talud coronado por encinas anunciaba un cambio. Un cambio no sólo en el terreno sino en la actitud de Marshall al decir “entramos en la finca” y en la súbita aparición de un par de individuos que habrían bajado por el talud y se les veía dipuestos a proteger nuestras espaldas ante eventuales desafueros. La sala estaba en penumbra, el techo altísimo, quizá hubiera muebles pero resultaban indistinguibles de los pintados en los muros. Una mujer, que podría ser el propio E.G. Marshall, musitaba algo referido a un ángulo de la estancia, en concreto a un trapo blanco, un pedazo de sábana, que arrugado y tirado en el suelo, era la boca de un túnel por el que entraban y salían gran cantidad de hormigas argentinas, no en una o dos hileras sino formando una columna de un palmo de ancho. En la mesa camilla se sentó a mi derecha la mujer de E.G. Marshall y, a mi izquierda, su hija. Me esperaban. También, se acercaron los dos individuos, uno de gran parecido a Marshall, a su mujer y a su hija, que me saludó con un “orina infectada” sin especificar si ese era su nombre o la enfermedad que le acosaba, y otro, de aspecto totalmente distinto, barbero fumador y cazador, que me habló en esa horrible lengua que debía de ser la habitual del vulgo en esas tierras y que aún, en aquellos años, se mantenía en un plano secundario aunque algunos, como este engendro, ya la situaran en el plano principal. Irrumpió E.G. Marshall con un plato de arroz con gallina, una especialidad local de la que se sentiría muy orgulloso y que había preparado durante este rato; no se veía servicio. La penumbra no progresó pero las figuras se diluyeron. Quizá la mujer de Marshall mantuvo su presencia durante más tiempo. Pero al final esas personas, los magros muebles, los murales y hasta el trapo arrugado dejaron de verse. Regresaba al pueblo cansado andando por el amplio camino y me detuve en un par de ocasiones buscando la silueta del inmenso edificio. Pero no supe encontrarla. Era noche cerrada cuando abrí la puerta de casa. Y allí nadie me esperaba.      

martes, 5 de marzo de 2013

Reducción del espacio



El ornitólogo azul empezó su vida profesional recorriendo grandes territorios 
y acabó ensimismado en la contemplación de un roble al que a veces acudían 
torcaces y arrendajos.


miércoles, 27 de febrero de 2013

Observando desde el pasado

    
                                                                                                     
                                                       







domingo, 24 de febrero de 2013

Traición

 
Me escribe Genoveva Paja para no decir exactamente nada, para dejar en el aire la sospecha de que se guarda algo. Le contesto. Y a la pregunta “¿hay algo más que me quieras contar?” responde “he tenido una aventura amorosa que ha durado tres años y que ha terminado trágicamente”. He de aclarar que con Genoveva Paja tuve una tórrida aunque breve relación y que después, aunque dejamos de vernos, hemos mantenido cierto contacto epistolar. Pero aquí lo importante es saber con quién mantuvo ella esa aventura trágica, y resulta que con un sanador, pero un sanador amigo mío, que le presenté en una feria de ganado en Lugo. A veces la vida da unos raros quiebros; ese hombre, entusiasta de mi obra literaria, desapareció un buen día, pero, hará pocas semanas, llamó para hablar de sus caídas, de sus caídas reales, una al bajar del coche al enredarse en el dichoso cinturón de seguridad, otra al caminar por una calle en cuesta y resbalar por el hielo y, finalmente, en el jardín de su casa, al golpearse en la frente con una viga, deslumbrado por el sol. El sanador no quería confesar que me había traicionado, pero me compensaba al describir los síntomas de su muerte inminente; él suponía que esa era una buena noticia para un mísero cornudo.       



martes, 12 de febrero de 2013

Necrología 4









Lulula Gelabert


















La entrada GELABERT de la edición online del Diccionari català-valencià-balear
de A. M. Alcover y F. de B. Moll ofrece, entre otros, los siguiente datos:

GELABERT o GILABERT
1. ant. Nom propi d’home; cast. Gilberto.
Lo noble En Gilabert de Cruylles, Muntaner Cròn., c. 87. Gelabert rey de
França, Boades Feyts 63.
2. Llinatge molt estès en tot el nostre país.

La entrada GILBERTO del Diccionario etimológico comparado de nombres
propios de persona de Gutierre Tibón, México, Fondo de Cultura Económica,
1966, añade:

GILBERTO.
Germánico. Gislberht, de gisl, “lanza”, y berht, “brillo, resplandor”,
o sea, “el brillo de la lanza”.

Así fue Margarita Gelabert Cornadó. Nacida en Horta, Barcelona, la primavera
de 1925, resplandeció desde la cuna por el brillo de sus cabellos y supuso, ya
en la escuela, la punta de lanza de una generación de mujeres empeñadas en
cambiar modelos de conducta y seculares adscripciones. Su periplo vital es
difícil de seguir pero, a través de noticias aparecidas en la prensa escrita, es
posible reconstruirlo. En 1939, con su nombre de pila y sus dos apellidos, gana
el premio “Cumbres nevadas” que concede la Falange. En 1940, con su
nombre y su primer apellido, resulta finalista en un concurso de declamación
titulado “La castañera”. En 1942, también con nombre y primer apellido,
participa en la escalada de la muralla romana de Tarragona. En 1945, como
MARGE, aunque haciendo constar, obligatoriamente, nombre y apellidos, se
inscribe en una selección de figurantes en los Estudios Orphea de Barcelona.
En 1956 interviene, fuera de créditos, en dos producciones argentinas dirigidas
por Leopoldo Torre Nilsson: Graciela y El protegido. El 4 de mayo de 1958, con
33 años, contrae matrimonio con un rico hacendado paraguayo y se instala,
provisionalmente, en Asunción. A finales de ese año vive ya en París donde
actúa, como Lulú la Espagnole, en cafetines y teatros de bolsillo. En 1959 casa,
por segunda vez, ahora con un saxo tenor mulato. Los hitos, hasta su
fallecimiento en Arlés, Francia, el pasado 20 de febrero, son cada vez más
anodinos. Baste describir uno, quizá el que pueda justificar este recordatorio; la
aparición de Lulula Gelabert, como starlette, en la gran parada de Cannes en el
año 1961. Apoyada en el mástil de un yate, risueña, casquivana, muy
simpática, enarboló, tras posar largo rato y en heterogéneas posturas, la
bandera catalana, el forro del bañador, prenda que se quitó y a la que
le dio la vuelta. RAMIS

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Lulula Gelabert. Cannes. 1961. Fotografía:  F. Ferrer Lerín.



domingo, 10 de febrero de 2013

Marnie

 





Chi é Marnie?

Una ladra?
Una bugiarda?
Una truffatrice?
Una sensuale?
Una adescatrice?

Si,
e molto di più!

sábado, 2 de febrero de 2013

Una torre cilíndrica


Subo por la escalera de caracol que ocupa el interior de una torre cilíndrica muy elevada y al llegar arriba y levantar la trampilla accedo a una azotea circular de dos metros y medio de diámetro provista de un antepecho de treinta y cinco centímetros de alto. El viento es muy fuerte y decido bajar pero no puedo levantar la trampilla al haber quedado cerrada y abrirse por dentro. Tengo suerte, sube gente, abren, pero invaden la azotea sin dejarme salir, la trampilla vuelve a quedar cerrada, y allí quedamos, comprobando con preocupación que somos demasiados para un espacio tan reducido. Oímos pisadas en la escalera, sube otro grupo y, apretujados, nos preguntamos cuántos de los presentes deberemos tirarnos al vacío para que los recién llegados quepan en la azotea al tiempo que la abandonamos. Otra solución no es posible. Llegarán agotados y no aceptarán bajar para permitir que lo hagamos tras ellos, ya que luego les esperaría otro ascenso a la azotea. Lo que está claro es que los supervivientes, ya en la calle, impediremos la entrada de más gente a la torre cerrando con llave la gruesa puerta de madera y, al nuevo grupo, a los que nos han sustituido en la ocupación de la azotea y que han sido la causa del obligado sacrificio de varios de nosotros, no vamos a decirles que mantengan levantada la trampilla, deseamos que mueran de frío o aplastados al caer desde tanta altura por los embates del viento. 

domingo, 27 de enero de 2013

Necrología 3




Albino



Murió Albino. Gigante, indeciso, gafas oscuras perpetuas. Se le vio durante años pasear, detenerse agotado, apoyarse en las puertas como si fuera a entrar en las casas, por ese lugar difuso que es la plaza España y la Gran Vía ya saliendo al aeropuerto. Muchos debieron de hablar con él porque quedan testimonios de su pensamiento recogidos en la prensa y en varios libros de carácter ligero y misceláneo. ¿Vivía en...? Puede que en la calle Tarragona o, mejor, en esa tupida red viaria que la flanquea a la derecha en sentido descendente, en esas casuchas pegadas a los corrales del antiguo matadero, quizá no en una casa sino en un corral, en el corral incluso que albergó a la ternera Celia, la que produjo las mejores carnes de 1956, las que permitieron que el chef Bartrés ganara el premio al mejor fricandó. Pero ahora ¿aún existen esas cuadras? Puede, pero nadie lo sabe con certeza. A lo mejor, en la base del más elevado de los rascacielos, dejaron un espacio, una burbuja hormigonada, para mantener en pie un minúsculo habitáculo de ladrillo ¿y adobe?: el cubil de Albino. “¡Qué rancho, devoraba ratas!” sentenciaba un malévolo, también los guardias, acicalados, le acusaban de ladrón: restos no sólo cárnicos, también algún pescado y la extraña fruta con sabor a heces. Hubo dos viajes, sarnosos. Una turbamulta: pordioseros, enfermeros, clérigos, hermanas de la caridad. Primero a la Meca blanca, en Roma, en busca de la bendición. Segundo al África negra, a socorrer refugiados. Albino destacaba. Su porte. Su blancura. Su fuerte hedor. Peregrinos entre la guardia pretoriana vaticana. Sanitarios entre ventrudas criaturas y madres multíparas. El periodista juvenil y perplejo define a Albino como protoinventor. Cuenta en su columna del diario gratuito que “les regalaron bolígrafos bicolores y Albino supuso que con el rojo escribiría en español y con el azul en italiano (...) se trata de un genio en ciernes, esa maldición bíblica y real de las lenguas queda solventada con un ligero artilugio que nuestro hombre quiere desarrollar a partir de un souvenir de atrio de iglesia”. África no fue menor, no produjo un invento de menor importancia. Albino anticipó a Lovelock y Sartori y comprendió que la solución no estaba en curar negritos sino en evitar que nacieran tantos. Enseñó a la corresponsal del Post una cacerola oxidada de la que colgaban cables al tiempo que le advertía que el dolor en esos países era insoportable y que con esta máquina, con el Detector-Medidor de Sufrimiento, iba a convencer de una vez por todas a las autoridades mundiales para que iniciaran una campaña seria y definitiva de control de la natalidad. “El problema hay que cortarlo de raíz”, repetía, “nada de parches, Albino no quiere ver más mujeres y niños sufriendo”. El fotógrafo Pablo J. Pérez obtuvo, estas Navidades, su última instantánea y sus últimas palabras. Acurrucado en el portal de la Casa de la Papallona se disponía a afrontar su última noche de vida abrazado a una bolsa de plástico que relucía bajo la farola. “¿Qué llevas ahí?”, le preguntó J. Pérez, a lo que respondió Albino, “llevo un alijo de polvorones”. ANGÉLICA YETANO  

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Barcelona. Calle Llansá. Casa Fajol -La Papallona-.

jueves, 24 de enero de 2013

Necrología 2










Cosma Blata, la Bruja de Artal















La misma viga para tres maridos. Cosma Blata Ballarín, la Bruja de Artal, casó por primera vez en 1941. Que su hombre se ahorcara aquella noche ventosa de final de la década no constituyó noticia. De hecho, hasta tiempos recientes, los suicidios, en días de viento, eran comunes en esos rincones pirenaicos. Incluso se hablaba de una sólida tradición afincada en determinados enclaves. Como el caso de la viga de hierro atravesada sobre el hueco de la escalera, fácilmente practicable desde el rellano de la última planta de un inmueble ubicado en el casco antiguo de cierta ciudad de cierto lustre. Un inmueble abandonado y con la puerta de la calle siempre abierta, que concitó tanta fama que un grupo de sorianos fletó una camioneta para trasladarse y aprovechar las ventajas de una instalación tan pulcra, accesible y carente de riesgo para los practicantes. Después, con los ayuntamientos democráticos, primero se tapió la entrada y luego se demolió el edificio. Pero el caso de Cosma Blata (Artal, 1919 – Zaragoza, 1981) tiene un interés añadido: la expectación y la fascinación que provocó en su segundo marido, y no digamos en el tercero. La expectación, el diario estado expectativo ante el curso de los acontecimientos, ante la aparición de pistas, por pequeñas que sean, encaminadas a cerrar el círculo y, la fascinación, extrema, por el lugar del sacrificio: la cuadra vacía, primorosamente ventilada e iluminada, la viga de madera de quejigo pulida y exenta, los accesorios –soga y taburete- discreta pero acertadamente colocados en el rincón visible, al alcance de la mano.

El juez encargado del levantamiento del segundo y tercero de los tenaces esposos pidió traslado. Aunque se dijo que no era por eso, que lo que quería era cambiar de aires atmosféricos. Obtuvo plaza. Quedó instalado en Andalucía, en una importante población de la campiña jiennense. Y allí, pasados los años, Julio Muñoz Salgado, escribió un libro. Unas memorias de su larga y prolífica vida de juez que, ciclostiladas, circularon por diversos mentideros siendo, a menudo, tachadas de mera enumeración y descripción vigorosa de levantamientos y levantados. Publicadas ahora en condiciones –Muñoz falleció en 1993- se comprueba que hacen particular hincapié en tres singulares escenarios: la cuadra de la casa de la Bruja de Artal, el bloque de viviendas ciudadano con puertas abiertas a cualquier diletante y, un tercero, de gran espectacularidad y sentimentalismo. El juez Julio Muñoz Salgado (el libro se titula Memorias sosegadas de un funcionario servidor de la ley y la justicia  y ha sido editado por la venezolana Fundación Losilla) pormenoriza, sin recrearse, el proceso de suicidio de los ‘mocicos viejos’ en el olivar de la provincia de Jaén. El ‘mocico viejo’ es el equivalente del ‘tión’ altoaragonés, el miembro de la familia campesina acomodada que malvive, soltero, a la sombra del padre y que luego envejece rápido bajo la aceptación despechada del heredero casado. Una figura poco envidiable que arroja los mayores índices de muerte voluntaria y los mayores índices de fidelidad al procedimiento.
    
El olivo, tótem indiscutible del paisaje, sufre, signo de los tiempos, un cambio en su fisonomía; se arrancan los ejemplares de gran porte, los cargados de años pero de baja productividad, reemplazándolos por ejemplares jóvenes, las llamadas ‘estaquillas’, que no tardan en convertirse en maduros productores aunque no ofrezcan garantías a la hora de colgarse de sus ramas. El juez escribe: “A menudo, los infortunados, mueren no por ahorcamiento sino por destrucción craneal al tener que saltar numerosas veces y golpearse contra el suelo por la poca altura de la rama elegida y, dada la bisoñez de la misma, su gran flexibilidad. Bajo el maravilloso cielo azul de estos campos no me ha resultado extraño levantar, diría mejor, caritativamente, recoger, en un mismo día, más de un magro cuerpo con la cabeza ensangrentada y achichonada”. BOLETÍN AGRARIO         

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Cosma Blata y el que fuera su primer marido. Fotografía: Estudio Heras.



lunes, 21 de enero de 2013

Montecarlo

  

Hoy, viendo un dulce reportaje sobre la vida monegasca de Grace Kelly, me han venido a la mente dos hechos que habían quedado sepultados bajo el peso de otros sin duda más importantes. El primero, mi relación con una joven barcelonesa de apellido Grimaldos y, el segundo, el sueño, tenido en una etapa que situaría al final de la adolescencia, en el que La Begún era a la vez mi madre y mi amante.

Grimaldos frecuentaba el Club Patín de la plaza Calvo Sotelo donde su estructura ósea vallisoletana y su cabeza bien peinada destacaban en aquel espanto de bigfuts y culos desbordados. Tenía, en cambio, un binomio por nombre de pila que no la favorecía; algo así como Pili Carmen o José Ana. En ese tiempo haberle cogido la mano (en el cine Lido, el primero en proyectar en pantalla panorámica) abatiendo su antebrazo sobre sus muslos fue motivo de que utilizara mayúsculas para relatar el hecho en la libreta morada. Pero no logro acordarme con seguridad de nada más; quizá Grimaldos me acompañara aquel día en que yo paseaba por la Diagonal con mi condiscípulo Lago Jaráiz y este me presentó a Doña Carmen Polo, que iba de compras.

La Begún era el rumor de las gasas que la envolvían, la sonrisa encantadora, las joyas, y un cuerpo amplio y mullido. Probablemente soñé con ella sólo una vez, pero iba a quedar marcado de tal modo que en sueños posteriores, al no poder recuperarla, fui sustituyendo aquellas carnes por las de algunas componentes de mi familia de sangre con las que surgieron lances muy confortables, de gran serenidad y discreción absoluta.     


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Fotografías:

Club Patín en la plaza Calvo Sotelo. Barcelona, 1949.
La Begún con Jose María de Porcioles, alcalde de Barcelona, la Duquesa de Alba y el Conde de Mayalde, alcalde de Madrid. En la mesa de atrás, Carrero Blanco. 1963. 

sábado, 19 de enero de 2013

Necrología 1





Bruce "Snake" Tenser 




El novelista Bruce “Snake” Tenser falleció el pasado 27 de diciembre en el St. John’s Health Center de Santa Mónica, California, a los 83 años de edad víctima de una inflamación intestinal conocida como colitis isquémica. Tenser, noveno hijo de una familia de inmigrantes judíos lituanos, se abrió camino en el incierto mundo de los cantantes adolescentes de su localidad natal -Júpiter, Florida- gracias a la brutalidad de sus baladas. En 1940, recién cumplidos tres lustros, acepta escribir mensualmente, en un diario local, una columna de carácter escatológico. En 1944 crea el detective Farmer McDevlin que, ayudado por el conserje corrupto de un viejo hotel, resuelve de modo impecable los frecuentes crímenes de la ficticia ciudad de Atenetia. La década de los cincuenta supone el espaldarazo definitivo a su obra literaria: inicia la publicación, en pulps y fanzines, de historietas protagonizadas por un infrahombre, el pétreo coronel Lawrence, que movido por un intenso odio a la raza humana no deja, prácticamente, títere con cabeza. “Lawrence es un soldado”, sintetiza la propaganda, “que no responde a ningún precepto, su furia aniquiladora se ceba siempre en los más débiles ya que considera, acertadamente, que apenas tienen capacidad de respuesta”. Tenser, gana, en 1964, el premio que concede una asociación de lectores de novelas policiacas vinculada a los rosacruces y que según su agente literario, John Carlino, “aquilata a la perfección la estima que la obra de Bruce despierta en el pueblo americano”. Con The Gin Game (1972) consolida el primer puesto en la lista de autores de novela breve. “Una narración”, se apunta en la contraportada, “de ritmo trepidante, de estilo seco y descarnado, en la que una mujer negra y sorda, Tammy Klinger, de profesión cocinera, recorre Estados Unidos practicando certeras hemorroidectomías a novicias y monjas atrincheradas en monasterios y conventos”. La experta viaja en un Chevrolet blanco y azul del 54 a cuyos mandos, y para cualquier tipo de necesidades, se halla Bruce Tenser apodado “Snake” por la longitud y sinuosidad de su miembro. El éxito de la obra anima al autor, y a su agente, a utilizar de nuevo a los dos héroes en la siguiente entrega: Gunsmoke Miracle (1974). De hecho, en los treinta títulos que vendrán después, se mantiene la misma estructura narrativa al tiempo que, la cocinera Klinger y el agente Carlino, van equiparando sus personalidades hasta resultar, en bañador, indistinguibles. AGENCIAS. 

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En “Necrologías”, igual que en “Bibliofilias”, “Facsímiles” y “Paleografías” se ensaya un nuevo género literario. En este caso se ahonda en el rico acervo estilístico de las notas necrológicas dedicadas a notables, a individuos que han contribuido -o al menos no han supuesto un freno- al progreso de la humanidad. Textos de condición doliente, no aconsejan una extensión excesiva compensando la falta de caracteres con una fotografía, bien del fallecido, en vida, bien de los enseres o paisajes que le fueron gratos.   


Suplemento "Cultura/s" de La Vanguardia
Barcelona, 2009

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Tenser en 1990. Fotografía: Fran Ferrer.

sábado, 12 de enero de 2013

Instantánea
























Se ha conseguido captar el momento en que abandono la reunión de los facultativos. Soy el doctor Fugaz y formo parte de un sueño. Detalles que pueden parecer secundarios como el paraguas Conklin, la cazadora de piel comprada en Pamplona y los pantalones de pana modelo Firulete, no lo son en absoluto; pertenecen con toda seguridad a mi indumentaria de 2008 y 2009. El sitio es el pasillo de acceso a la biblioteca de ese edificio al que nunca doy nombre y que ahora, al ver la foto, pienso que podría ser la casa de mi bisabuelo de la Cerdaña. Esas reuniones son largas y a menudo desembocan en ásperas discusiones; no me extrañaría que en esta ocasión el motivo del desacuerdo tuviera que ver con los terrenos públicos donde ubicar el lugar de enterramiento, a burial place; ¿se habla en inglés en estas reuniones?, ¿en sueños poseo don de lenguas?



martes, 25 de diciembre de 2012

Jornada de un visionario

Sobre el frigorífico descansa la jarra de vidur llena de agua para beber a morro. Esta mañana al llevármela a la boca he visto en su interior, reflejado en la agitada superficie líquida, el mural de Miguel Ángel del ábside de la Capilla Sixtina, pero en el estado actual, muy colorista, tras la restauración de 1980-1999.

A mediodía, al volver del campo y dejar el todoterreno en el garaje, descubro una figura de carácter antropomórfico que, de modo estático, permanece junto a la puerta del ascensor. No conozco a la persona (o a su copia) pero al recoger la propaganda de buzoneo veo que lleva en los brazos a un niño al que sí creo conocer. Salgo a la calle a tirar los papeles en el contenedor azul y, estando en ese trance, recuerdo, de golpe, a quién se parece el niño. Se parece a mí, con cuatro años, en una avenida de Barcelona. Entro de nuevo en el portal. La forma sigue. Intento arrebatarle el niño. Pero lo tiene asido. Con fuerza hercúlea. Brazos de hierro o piedra. El niño muerto. Subo a casa. Busco las fotos viejas. Y ahí está él. O quizá yo. Este que vemos.   

martes, 18 de diciembre de 2012

Bolinthos


















Posible hápax.


Aristóteles señala que “bolinthos” es la palabra meda que se aplica a una variedad de bisonte o toro salvaje (uro, Bos primigenius) que vivía en la región (Media).

Word: Bolinthos
Language: Thracian
Meaning: Wild bull, Bison
Comments: Attested through Aristotle

Palaeolexicon. Word study tool of ancient languages.

Grabado polaco del XVIII representando un ejemplar de uro.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Juto en las carreras


Una familia que elabora tartas de fondán, la familia Escó Bácula, quiere diversificar su oferta y prepara el lanzamiento de un nuevo producto, el Caramelo Calvito, blando y de intenso dulzor, que provoca, a quien lo paladea, la emisión de chillidos estridentes como si estuviera matando. Contrae matrimonio Juto con el mayor de los Bácula y, en el viaje de novios, invitan a tarta de nubes al personal encargado de engrasar el cable que tira de la liebre del Canódromo Meridiana. Allí, además, Juto y su esposo experimentan con los nuevos caramelos dándoselos a probar a los ancianos que acuden a por las heces de los galgos. Es en ese instante cuando un guía turístico habla del acto cultural, celebrado en Jaca hará unos años, en el que el presentador del conferenciante recordó la llegada, al recinto del canódromo, de un viejo camión con el acrónimo LIETRACA pintado a mano en la lona. Juan Sánchez Capipota, El lebrero, al volante, y, a su lado, su hijo Juanillo, responsable de la compra de trapos para fabricar las liebres, coinciden ese día con el veterinario en trance de vacunar, encuentro que desencadena una corriente de simpatía entre Juanillo y el hijo del veterinario, que siempre acompañaba a su padre en estas tareas. El guía turístico pretende ahora cerrar con éxito su perorata y desvela que, en el acto cultural, el presentador era el hijo del veterinario y Juanillo era el conferenciante, pero no obtiene el reconocimiento de los presentes por lo que, tras permanecer en silencio durante varios segundos, da paso a la enorme revelación: sí, el hijo del veterinario era el presentador y Juanillo el conferenciante pero... el presentador era el poeta Gran Lerín y, el conferenciante, el brillante polemista De Azúa. Noche cerrada. Juto, su esposo Néstor, algunos engrasadores, el guía cultural y los ancianos, salen juntos del canódromo. La carretera, oscura y solitaria, acoge con naturalidad los chillidos estridentes. Los ancianos matan a diestro y siniestro. Juto, rezagada por abrocharse un zapato, contempla el espectáculo. Aguarda. Es la única superviviente. Entra en la perrera. Decide dormir allí. "Los caminos se hicieron inseguros y no pudo regresar".              

sábado, 15 de diciembre de 2012

Libro de Tobías

Si veía muerto a alguno de mi linaje, arrojado junto a los muros, le daba sepultura. Si el rey mataba a alguno, yo, en secreto, lo enterraba; que en su furor mató a muchos, cuyos cadáveres buscaba luego él, y no los hallaba. Pero alguien hizo saber al rey que era yo el que los enterraba, y entonces tuve que ocultarme; y sabiendo que me buscaba para darme muerte, temeroso hui. Al volver a casa, al cabo de los meses, fue mi primogénito quien me dijo que uno de nuestro linaje yacía en la plaza estrangulado, me lancé a la calle, le tomé y le metí en una habitación hasta que se puso el sol en cuyo momento fui a cavar un hoyo en que sepultar el cadáver siendo objeto de burla por parte de mis vecinos que se preguntaban si aún no había escarmentado que ya tuve que huir por eso y ahora volvía a enterrar a los muertos. Aquella misma noche, cuando acabé de darle sepultura, aun antes de purificarme, me dormí en el atrio junto al muro, quedando con el rostro descubierto. No sabía yo que había pájaros en el muro; y teniendo los ojos abiertos, los pájaros dejaron caer en mis ojos su estiércol caliente, que me produjo en ellos unas manchas blancas que los médicos no fueron capaces de curar. Fue el ángel Rafael quien pudo batir mis cataratas con la hiel de un pez que capturó mi hijo Tobías en el río Tigris y que antes estuvo a punto de devorarle cuando se bañaba en sus aguas.

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Rembrandt. Tobías devuelve la vista a su padre Tobit en presencia del ángel Rafael. 1636.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Gingival en Turia


DE LAS CONDICIONES DEL AZAR Y LA PALABRA
Gingival, de Francisco Ferrer Lerín

Lejos de Pamema. Los comentarios que se han realizado acerca de la obra de Francisco Ferrer Lerín recurren a menudo a su leyenda para intentar explicar algunas de las características de su escritura. Esta superposición de visiones resulta casi inevitable, y hasta parece lógica, ya que pocos poetas se parecen tanto a sus poemas como Ferrer Lerín. Mi descubrimiento de su poesía fue relativamente temprano a través de la lectura de su segundo libro publicado, La hora oval (1971), en el que se reunieron poemas escritos desde 1960 a 1970. Aquella lectura me resultó fascinante porque encontraba por fin una voz y un mundo que andaba buscando en el renovado panorama de la poesía española de aquellos años. Una voz y un mundo cuya poética ilustra el poema “Tzara” (pág. 131), y que los emparentaba con el dadaísmo y el surrealismo en sus vertientes más transgresoras y subversivas. Cuando en 1980 elaboré, junto a Fanny Rubio, la antología Poesía española contemporánea (1939-1980) (1981), uno de mis empeños fue el de dar cabida a Ferrer Lerín que, según todos los indicios, se encontraba entonces desaparecido. La leyenda “Lerín” hacía tiempo que había comenzado. Pero si se observa con detenimiento el transcurrir de la poesía en estos últimos cincuenta años, tal vez nuestro autor tuvo suerte de mantenerse al margen de lo que Félix de Azúa ha dado en llamar la “pamema” de la tribu literaria y desarrollar su obra con la misma libertad, el mismo espíritu iconoclasta y el mismo desenfado con los que la comenzó alrededor de 1960, fecha de algunos de sus inéditos posteriormente recogidos en Ciudad propia. Poesía autorizada (2006). De géneros y genología(s). Pese a los años transcurridos y los cambios acontecidos en el discurso leriniano, la reciente lectura de su último libro, Gingival (2012), me retrotrae a aquel primer encuentro con La hora oval. Lerín ha tenido suerte con Fernando Valls, autor  del “Epílogo”, que constituye una magnífica guía de lectura de estas prosas que da en llamar “microrrelatos”. Es verdad que al propio Lerín le ha gustado tal denominación, pero conviene tener en cuenta que los microrrelatos ya están presentes desde sus comienzos como escritor, al menos desde La hora hoval, y atraviesan con diversas variantes toda su obra. Como se ha afirmado en repetidas ocasiones, la adscripción genológica de no pocos de sus escritos resulta al menos problemática, de forma que Lerín ha sido considerado un “posmoderno” avant la lettre de la misma manera que fue considerado “pionero y fundador” del “ala extrema de la escritura novísima”. Y es que su escritura no puede ser adscrita, sin más, a ninguno de estos marbetes. Su propuesta literaria, en relación a las clasificaciones convencionales de modos, géneros y subgéneros narrativos, tampoco parece adecuarse plenamente. En otras palabras: su discurso pone de relieve las carencias y la condición histórica de cualquier clasificación literaria al mismo tiempo que subraya la ficcionalidad inscrita en todo discurso. Algunos de estos microrrelatos, como “Situación” (pág. 14) o “Nexus” (p. 21), pueden ser considerados poemas narrativos en prosa y los poemas narrativos en prosa microrrelatos que, sólo en algunas ocasiones, se diferenciarían de los primeros por su mayor apego al ritmo endecasilábico que históricamente ha dominado el panorama de la poesía española del siglo pasado y comienzos de éste provocando una monotonía y un cansancio inconcebibles en otras tradiciones literarias. En definitiva: la escritura de Lerín se desliza entre fronteras y territorios poco transitados, y tan pronto se encuentra en un lugar como en otro. Lerín es de los pocos autores que mantiene aquel espíritu provocador y epatante de los sesenta y comienzos de los setenta –del que el “culturalismo” fue, por cierto, una de sus claves, casi siempre mal interpretada- con la naturalidad del escritor marcado por su singularidad; singularidad tangible en su literatura a través de un distanciamiento del que surge su mejor humor, ése que en ocasiones encubre otra mirada de mayor gravedad presente en no pocos de sus textos. Una ciudad propia: la escritura. Sabemos que Gingival es “un volumen heterodoxo cuyas entradas proceden de un blog”. Sin embargo da la impresión de que Ferrer Lerín se ha sentido libre también en estas circunstancias. La superposición de lo real y lo ficticio, de lo autobiográfico y lo imaginario, de la bibliofilia y la anécdota, etc., ha ocupado también un lugar importante en su obra. En realidad de lo que nos habla Lerín en múltiples ocasiones es de la escritura, o al menos de su escritura, aunque también de sus vivencias y de su inagotable curiosidad en relación al mundo que le rodea. Nuestro autor ha sabido ir construyendo con todo ello una “ciudad propia”, simbólica,  que se sabe hecha de palabras. Palabras que se sustentan en un ritmo y en una dinámica discursiva que en Gingival alcanzan su expresión más concisa mediante una vasta competencia lingüística utilizada con precisión y eficacia, y una sintaxis de periodos cortos, generalmente sincopada. Asociación de historias. De los espacios y motivos por los que transcurre Gingival ya se ha ocupado Fernado Valls en su epílogo. Sin embargo, como acabo de señalar, otro de los motivos de no menor importancia en Gingival es el de la escritura, el de la actitud del narrador hacia lo narrado, actitud que revela las huellas de su autor y su concepción de lo literario. Si la vida ha ido ganando terreno a la literatura en la obra leriniana, la creación literaria se ha mantenido como motivo recurrente en cada una de una de sus fases. No podía ser de otra manera en un escritor tan consciente de su oficio y de las máscaras que el lenguaje le ha ido proporcionando. Lerín no duda a la hora de revelar su manera de proceder durante el desarrollo de su escritura. Así en “El ruiseñor” (págs.17-19) o en “Nexus” (pág. 21), donde la misma dispositio subraya la asociación de historias, con un motivo en común, que se yuxtaponen conformando la totalidad del relato. El azar, la casualidad, la coincidencia se postulan en ocasiones como origen y justificación de la peculiar disposición de fragmentos de diversa e insospechada procedencia que constituyen el discurso como totalidad. Pero el azar y la casualidad funcionan también en Gingival como una especie de simulacro irónico, si bien solo hasta cierto punto y en cierta medida. Sin embargo se mantienen los asertos fundamentales de aquel poema, “Tzara” de La hora oval: Luchar contra el anquilosamiento de las palabras (…) sacudir la estructura del poema/ despertarlo/(…)/ darle libertad para que se manifieste (…)/ cambiar la decoración de los muebles del salón todos los días/ (…)/ madurar la idea sobre la posibilidad lingüística/ conocer el léxico tanto que huelga la estrechez de la gramática/ las frases nacen limpias… (págs. 131-132). Aquella propuesta permanece en su discurso. Un discurso que en cada uno de los momentos de su trayectoria literaria ha removido y alterado los paradigmas literarios por los que ha transcurrido la mayor parte de la literatura española de los últimos cincuenta años. Y este es el sentido de la clave y el regreso al poema “Tzara”. Casualidad, azar, sincronicidad. Lejos ya de la escritura automática como plasmación de aquel “ruido en la cabeza” que Ferrer Lerín afirma haber amortiguado con la escritura de sus primeros libros, el autor, como se ha dicho, se reencuentra con la asociación de historias como cifra de algunos de sus relatos posteriores. Pero algo se mantiene como condición de su escritura: una puerta abierta al azar y una especie de “sincronicidad” en el sentido jungiano (“Parábola del fumador empedernido y el ornitólogo de campo”, págs. 74-75). En cualquier caso, los presentimientos, los sueños y la memoria desempeñan un papel tan relevante que sin ellos el hallazgo lingüístico (“conocer el léxico tanto que huelga la estrechez de la gramática”) adquiriría una dimensión totalmente distinta. El autor da la impresión de que ha mantenido la importancia del ritmo como otro de los motores de su escritura. La minuciosa estructura rítmica de Gingival así lo confirma. Y su precisión léxica encuentra el lugar idóneo en ese ritmo de periodos cortos donde las “frases nacen limpias”. Se trata de un  minucioso trabajo fraseológico que permite descomponer las frases en unidades menores, las mínimas, las más económicas pero también las más eficaces en la situación expresiva y comunicativa de la que provienen estos microrrelatos. Y sin embargo también esta característica estaba ya en su obra. Muestra de ello puede encontrarse en El Bestiario de Ferrer Lerín (2007) y en Fámulo (2009), aunque reconozcamos el mundo de Gingival más cercano quizás al de Papur (2008), con sus “Bibliofilias” y “Series”, sin olvidar “Die Rabe y dos breves guiones”, esa última parte de no menor relevancia –también en relación con Gingival- que cierra el libro. La otra mirada: la muerte. El humor y la ironía también están presentes en Gingival. Humor e ironía perfectamente engarzados en su escritura a lo que más arriba adelanté: esa otra mirada grave que subyace en no pocos de sus textos. Lo que ocurre es que esa mirada se nos presenta a menudo amortiguada bajo otros registros que le sirven también de contrapunto. En el magnífico microrrelato o poema en prosa o simplemente -es decir, complejamente- texto que cierra el libro, “La vida” (pág. 228), encontramos uno de esos motivos: la muerte. Aunque esta vez se presenta sin concesiones, despojada de todo ocultamiento. Se trata de la escenificación, mediante una prolepsis, de un presentimiento o una ensoñación, o tal vez ambas cosas al mismo tiempo: la agonía del personaje Ferrer Lerín.  El valor simbólico de los hápax. Se diría que la búsqueda de los “hápax”, a los que Lerín dedica sus relatos “Predador” (pág. 40) y “Otro hápax” (pág. 185) , constituye también la metáfora de otras pesquisas frecuentes en su obra: la de los hechos singulares. Igual que el narrador deja notarialmente constancia de sus hallazgos de los hápax a modo de legado, registra también la singularidad de ciertos acontecimientos reales o imaginarios, como ocurre en “Los sin hombros”(pág. 76) y “Raro fenómeno”(pág. 156). Se podría afirmar que los hápax representan también un ideal poético: el del texto original y único, irrepetible, pese a que Lerín sea consciente del tal imposibilidad. Esa imposibilidad que irónicamente se plasma en su escritura plagada de referencias y citas. Y es que  la literatura constituye un desafío en la tradición de la modernidad de la que partió el primer Lerín: el desafío de la originalidad motivado por una permanente transgresión literaria. Sin embargo, y ya a estas alturas, da la impresión de que las transgresiones le importan mucho menos a Lerín que el ir ampliando su “ciudad propia”, su mundo simbólico, al tiempo que consigna las diversas dimensiones y aspectos de su existencia. En su conjunto, su obra constituye también una autobiografía y una crónica. En este sentido, no resulta casual su faceta relativamente reciente de novelista: Níquel (2005) y Familias como la mía (2011). En ambas Lerín recrea su propia leyenda. Lo que en esa leyenda pueda haber de real o ficticio importa poco a la hora de juzgar su obra. Su bibliofilia, su pasión por las palabras, su rapacidad literaria… se transmutan en territorio literario. Y de nuevo… la casualidad, sin duda la casualidad, hace que se encadenen de modo endiablado determinadas circunstancias… (“Casualidades”, págs. 216-217). 

 Artículo de José Luis Falcó Gens publicado en el nº 104 de la revista "Turia". Noviembre 2012.


martes, 4 de diciembre de 2012

Juan Pérez 'El Muerto'


Para evitar los insultos que se cometían en Sierra Morena, al abrigo de las espesuras de maleza, desde los tiempos de los famosos salteadores de caminos Caracotta y Materno (siglo primero de nuestra era), fueron surgiendo, a lo largo de la historia, diversas partidas de voluntarios fuertes y de arreglado comportamiento con el fin de ayudar a los soldados y carabineros que, a menudo, eran incapaces de solventar el problema. Entre los escopeteros reclutados para formar dichas partidas destacó Juan Pérez ‘El Muerto’ quien en compañía de Cristóbal Manchón ‘El Menguizo’ acosó al sanguinario forajido Lucas Ramos ‘El Ciervo’ hasta el domicilio de este en la calle Manga de Gabán de la localidad cordobesa de Palma del Río donde fue preso.

Dos testimonios del celo de Juan Pérez ‘El Muerto en el desarrollo de la tarea confiscatoria y del buen hacer en la escritura son estos dos documentos redactados de su puño y letra que transcribimos en parte: 

“Joaquín Pulpillo, carabinero de una partida de caballería que escoltaba una conducta desde Cádiz a Madrid, intentó robar uno de los 39 cajones cargados de monedas en la venta de El Rumblar el 8 de abril de 1797. Al despertar sospechas por su irregular conducta el carabinero fue detenido y desposeído de su impedimenta que se componía de capa, casaca, sombrero, escarapela, caballo, silla, brida, botines, manta, cabezón, saco, trastes, espada, cinturón, pistola, juego de hebillas, cartuchera, bandolera y morral.”

“El sábado 13 de diciembre de 1806, en la encomienda de Navas de la Condesa, rindieron armas tres malhechores dos de los cuales fueron entregados al Maestro de Postas de Santa Elena para su escarmiento y del tercero al negarse a dar su gracia hubo que dar, en su encarcelamiento,  descripción firmada y que decía que el ladrón era de unos 35 años, su estatura como de dos varas, color trigueño, con patillas medianas, pañuelo encarnado en la cabeza, montera de paño pardo con bastante alama, chaqueta y calzones también de paño pardo, botines negros e iba sobre un caballo castaño oscuro de la marca, con dos escopetas.”

    
       

sábado, 1 de diciembre de 2012

Juto

 
Una historia anémica en intriga cuyo sujeto pudiera ser:

1-     Abiego, nombre de una población oscense que quizá no se corresponda en urbanismo y empaque con la aquí descrita.
2-     La dificultad para salir de un enclave cuyo acceso ha sido fácil.
3-     La pasajera Juto.

1. Abiego es una ciudad lineal, construida de foma sólida a lo largo de una amplia calle algo sinuosa. Jalonada por suntuosos edificios, la mayoría en ruina, entre los que destaca un elevado número de grandes teatros, no goza del favor de las gentes o al menos son muy pocas las personas humanas que recorren la avenida. En el bar de la bolera me aborda un caballero endomingado que pregunta, sin excesivo entusiasmo, por el motivo de mi visita a la localidad y yo respondo, casi justificándome, que después de más de cuarenta años viajando por la carretera general es lógico desviarse algún día para ver qué es Abiego.

2. Un primer intento de salida resulta infructuoso; he creído que la avenida iba a rodear el casco urbano para llevarme a la autopista pero no es así; la avenida acaba de golpe, enfrentada a unos roquedos rojizos coronados por olivos. Doy la vuelta y me dirijo a su otro extremo con el convencimiento de que por allí había entrado, pero tampoco acierto: la avenida se estrecha cuando deja de estar flanqueada por casas hasta convertirse en un camino carretero de gran pendiente que se precipita en una zona oscura de árboles enanos. Retroceder marcha atrás me agota pero al fin alcanzo la parte civilizada de la vía y, aprovechando su gran anchura, doy de nuevo la vuelta hasta encontrar, gracias a una breve calle perpendicular, el empalme con la rotonda. Allí, rozo con el guardabarros delantero derecho la parte trasera de un camión de reparto de inválidos, que no se detiene, y quedo preocupado por si el seguro cubrirá los desperfectos de mi coche.

3. Me besa Juto en la mejilla para tranquilizarme por el percance automovilístico, al tiempo que reparo en sus pantalones cortos muy ceñidos que resaltan sus piernas rosadas nacidas de unos botines de goma recauchutada negra. Amo a Juto en ese instante, aunque ignoro qué relación es la nuestra.