viernes, 1 de febrero de 2008

Corvus corax

La acción del cuervo sobre las lomas. La pareja de cuervos última de las mayores aves que planea en la tarde. Sus voces (graznidos) señalan el territorio. Las lomas desde el viñedo hasta el cantil y el mismo cantil en toda su extensión. Luego las eventuales zonas de aventura trófica. Las playas y los vertederos de la ciudad donde compiten con otras aves. Volvamos al vuelo coronado sobre las lomas. Llegan a la cresta y el macho azuzado por el falso celo del otoño gira ciento ochenta grados sobre su eje longitudinal en su planeo junto a la hembra. Se recorta un ave menor que parece inquieta. Cernícalo. Los cuervos se posan en el cortado.
Miento en los habituales puestos fronterizos. Puedo llegar a la ciudad con mi equipaje íntegro y paso comúnmente desapercibido. Tengo un cuarto compartido. Turcos y croatas. Parece imposible un descanso en esta noche y salgo a la azotea. Veo la bahía con sus interminables luces y echado sobre las ristras me duermo. Ahora nace el sol entre raros colores. Nadie en la ciudad. Es la hora del mar y de las primeras luces. Sé que no hay nada como esta soledad. Por los tejados y azoteas llego a la playa. El frío húmedo las primeras gaviotas la brea las redes. Está la ciudad durmiendo con sus tripas vaciándose sobre esta playa. Se amontonan los perros en el vertedero del cabo y las gaviotas giran ávidas. Al fondo el gran telón de las montañas blancas. Inexploradas. Sólo para iniciados. Allí los cuervos y las blancas águilas. El tiempo pasa y por la resquebrajada escalera voy a la ciudad. Las calles vacías. Llego a una plaza circular en cuyo centro se alza un estrado. Restos de una feria. Las cucañas están llenas de moscas y comienza a levantarse un viento helado. Impropio en la estación. De la plaza parten numerosas calles. Ninguna es cierta. Sé que mi destino es la plaza. Aumenta el viento. Dos cuervos cruzan rápidos el cielo. Grrac. Hacia la playa. De las montañas. Una puerta acristalada se destroza al golpearse contra su marco. Me mantengo a la expectativa. Parece como si fuera el único hombre en la ciudad. Brillan los cristales en el suelo. Me acerco a ellos. Es una tienda. Me atiborro de chuletas y magro. Salgo de nuevo. Nadie. El viento dobla los árboles. Y se arremolinan los envases los papeles la cordelería. Es la hora de buscar soluciones. Extranjero en la ciudad. Mediodía. Fuerte viento. No se ve un alma. Todos me aconsejarían huir. Pero este es mi puesto. Estoy seguro.
Segunda noche en la ciudad. He alcanzado una azotea más elevada. El viento cesó y parte del cielo se ha nublado. Me envuelvo en unas mantas y despierto entumecido. Veo que nada ha cambiado. El sol el viento que empieza y las calles solitarias. Voy a la plaza. Ahora que ya la conozco perfectamente descubro que no es tan grande ni del todo circular. Tengo visitas. Cinco perros olisquean la tienda. Les dejo hacer. Me hastía la chacinería. Ahora los cuervos. Más entretenidos en su observación. Quizá por los perros que arrastran carne. Bebo de la fuente. Veo fruta en los balcones. Escalo y como. Desde aquí veo enormes bandos de gaviotas sobre la orilla. Se mecen al viento. Muchos perros. Y ratas. También desde este balcón veo varios cuervos volar sobre los tejados. Muchos cuervos. Tantos como nunca viera. Decido dormir aquí.
La mañana trae la brisa. Y con ella un nuevo olor. Olor a mezquita y mercado. Olor a ciénaga y a polvos de talco. Me desperezo. Tengo sed. Al inclinarme para ver la plaza creo enloquecer. El suelo aparece sembrado de cadáveres. Cadáveres humanos que las ratas cubren mientras los perros trajinan pedazos y el mundo alado se mantiene sobre mi cabeza. La muerte.
Han pasado semanas. Me costó al principio. Pero no hubo más remedio. Vivo en los balcones en las azoteas en los tejados. He descubierto que aquí las ratas no llegan. Cuando tengo hambre me descuelgo y disputando con ellas y algún perro harto me agencio una parte. Subo. Y aquí me la como. El mar de fondo y el rumor de las olas contra la playa. Muchos creerán que estoy loco que miento que quizá exagero. Nada de eso. Cualquiera haría lo mismo. Tengo provisión para mucho. Tengo el mejor clima del mundo. Sé que nunca vendrán a buscarme. Y puedo vagar horas y horas bajo el sol mientras crece mi barba y los perros arrastran los muertos hasta la plaza. Desde las casas. Desde los cuartos. Desde las camas.

1970

Manifiesto Español o una Antología de Narradores. Ediciones Marte. Barcelona. 1973.
Cónsul
. Ediciones Península. Barcelona. 1987.
Ciudad propia. Poesía autorizada. Artemisa Ediciones. Tenerife. 2006.

2 comentarios:

Javier dijo...

Y también disponible en Manifiesto español o Una antología de narradores, coord. Antonio Beneyto, Ediciones Marte, Barcelona, 1973.

Ferrer Lerín dijo...

Efectivamente, Javier. Y también se incluye en Cónsul, Ediciones Península, Barcelona, 1987.