La
Ciencia, la Ciencia Física, la Ciencia Natural, no son recursos
habituales en poesía; sólo a veces, en campos extremos del
significado, surgen como ejemplo de una situación amorosa o como
contrapunto de ella. Aquí, en este nuevo poemario que tengo ante mis
ojos,
La historia de la orugas, de Alberto Gil-Albert, la
Ciencia impacta con su presencia, desde el principio, para no
abandonarnos: ‘lo fue como el alumbre / el aluminio y el wolframio
germinados / el sujeto de metal que se hizo barro’.
Alberto
Gil-Albert arriesga, inicia La historia de las orugas
repasando nuestra historia telúrica, para acompañarla, enlazarla,
con notas de nuestra historia política, casi con notas de prensa,
casi con trágicos scoops: ‘es el
impacto sordo del apartheid, el sonido de la puerta del furgón
policial’.
El
soporte, potente, es una poesía narrativa y enumerativa sin disfraz,
un salmo omnisciente, un repaso crítico a nuestra vida en el
planeta, un reclamo a la culpa: ‘así me lo contaron los
ancestros’.
Esa
teológica solución, ese impreciso Big Bang que pretende resolverlo
todo, es cuestionado con versos de sangre y fuego, una monumental
queja ante el castigo, la consideración de oruga, de crisálida:
‘porque los nombres no nos dicen / lo
que son los nombres / nos lo esconden entre oraciones’.
La
Evolución, magistralmente pormenorizada, genera la angustia del
cambio, la melancolía, la nostalgia de tiempos primordiales: “al
principio lo fue todo”.
El
libro se construye a la manera de prédica ante las afrentas a las
que ha sido sometido el ser humano, y también su entorno; hay ahí,
quizá plasmado de modo involuntario, la muestra indiscutible de una
poderosa conciencia ambiental, un aviso, la proclama definitiva para
sacudir la sensibilidad planetaria, cósmica: ‘la
ceniza del desierto en el oasis’.
Hemos
hablado de la estructura narrativa del poema, pero ello no excluye la
calidad de los versos: ‘Soy el que
habla en francés en la playa de Ashila’, ‘¿Dónde sueña la
princesa blanca?’, ‘¿Dónde se calma el mar más irascible?’,
‘la más hermosa de las ciudades no habitadas’ ‘Soy la mujer
aliada del verano’. Improntas endelebles de la condición de poeta
de Alberto Gil-Albert.
El
Tiempo, sus coordenadas, el combate irredento del Hombre ante su
presencia, se explica de modo urgente. El Tiempo encabeza el poema,
el poema único que es La historia de las orugas: ‘El tiempo
no es otra cosa / que el nanosegundo eléctrico de la célula’. Y
en ese “único" se solapan las dos acepciones capitales del
diccionario de la Academia: “sin otro igual" y
“extraordinario, excelente".
Señala
Alberto la rebeldía del Hombre ante la ignominia y el desastre, la
rebeldía ante Dios y ante los hombres: ‘el
crecimiento natural de nuestra especie / sometida a la predación de
los signos divinos / rebelde a la indignidad y al hambre’.
Y
ahora quizá convendría recuperar el término “Poesía del
inventario” acuñado hace décadas para describir la obra
renovadora del antillano Saint-John Perse, la estrategia de escritura
basada en el depurado uso del versículo como forma milimetrada de
expresión: ‘el comercio de la miel en
los panales / el de las esdrújulas sombras en verano / el de la soja
bajo el confundido viento / el de la niebla sobre la tierra de
trigo’.
Un
libro volcado en cuatro libros en el que se da un repaso exhaustivo a
las vivencias, a la memoria del autor; fotografías de su vida, sí,
pero que contienen la totalidad de recuerdos y personajes que la
conformaron.
Mas
la gravedad, el tono serio, majestuoso del discurso poético, no deja
de lado ciertos respiros, incluso sarcásticos: ‘luces hirientes de
las tiendas Zara en Nueva Delhi’.
Es
difícil definir, clasificar este libro de poesía, y pienso que
nadie necesita que así se haga, pero planea de modo obvio sobre él
una actitud exigente de identidad ante la divina y mortal espada que
todo lo iguala: ‘nosotros así nos
convertimos / en el horrendo despertar del nuevo día /y empezó a contarse desde entonces / para formar parte de la tribu’.
Dos
primeros libros, dos primeras partes, majestuosas, con ambición
registradora del transcurrir del Tiempo, del origen del Tiempo, de la
definición del Tiempo; y dos segundos y finales libros, dos segundas
y finales partes, quizá empeñadas en el Perdón, aunque como ya he
dicho, y es condición esencial en poesía, cualquier interpretación
es válida, pero innecesaria; el misterio es fundamental, no hay
encantamiento sin nebulosa.
En
suma, un apasionante ejercicio lírico, diferente a lo que se nos
ofrece todos los días, un canto apasionado que golpea con brío
nuestra inteligencia mediante el aprovechamiento, quizá exhaustivo,
de la memoria, de las más íntimas referencias vitales y de la
amplísima capacidad de asombro del autor, del poeta.
F.
Ferrer Lerín
Jaca,
05.01.20