jueves, 18 de septiembre de 2014

Tercer plano














































El tercer plano ¿será la muerte? ¿Desde la muerte soñamos/vemos lo que hoy nos parece la realidad y sus sueños correspondientes? En “El muro”, en su última frase “Y no era yo”, ¿se prefigura ese visionario difunto?, ¿ha ocurrido algo que haya propiciado un salto entre despertar a la realidad actual y despertar a la realidad auténtica, la propia de los muertos? También, en “Despertó en cama extraña”, se duda de si el despertar del protagonista corresponde a la realidad actual o a la realidad auténtica. En cambio, en “Un mar de dudas” se juega con la duda tradicional de si los sueños son la realidad y que estos, a veces, abren una ventana a la falsa realidad que es en la que ahora nos movemos; no se baraja una tercera opción.


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El muro

  
Coroné el muro. Sin dificultad. Y desde arriba vi lo que no quería ver, una inmensidad gris en la que el cielo, o las nieblas y nubes del cielo, se confundían con el horizonte, no muy lejano. Decidí seguir, progresar hacia el Norte, pese a lo tenebroso e incierto de lo que imaginaba. Tanteé la posibilidad del salto, mas la tierra que se me ofrecía debía de ser pantanosa y temí quedar atrapado. Descendiendo esa cara oscura del muro, como una salamanquesa, adherido, lento, recordé aquel viaje a Alemania a observar pigargos, aquel atardecer o amanecer en que paré el coche y me acerqué, caminando, al muro que cerraba el septentrión. Y esto era lo mismo: frío, humedad, silencio. Avancé. Usaba zancos. Y, a unos metros, difuminada, surgió una forma. El Crucificado, pensé. Pero era mujer, Kelly LeBrock. Transformada. O en transformación. Y al acercarme, ¿o se acercaba ella?, cobraba luz, y mucho color. Esa mujer, ¿cómo apareció?, ni siquiera sé si se encontraba allí. Formada, sin duda, por retazos de otras, lucía falda de muselina, refulgente, que ondeaba sin que soplara el viento. Quise abrazarla. Así, de pie. Contra la nada. A mi manera. Tan grande la pasión, que desperté. Y no era yo. 

(Página 131)


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Despertó en cama extraña

  
No dormía con su esposa desde mil novecientos ochenta y cuatro, ni en la misma cama ni en el mismo cuarto; lo decidieron cuando las fiebres. Pero hoy al despertar ella estaba a su lado, acurrucada, aunque vuelta hacia el lado izquierdo donde, por cierto, descansaban otras personas que él creyó con vida.

(Página 102)


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Un mar de dudas


A principios de los ochenta soñaba, a menudo, que aún seguía en la Universidad siendo no obstante consciente, en el sueño, de que la carrera la había acabado hacía años. La acción se situaba en un periodo inicial del curso; de hecho, aunque estaba sentado en un aula, no quedaba claro si me había matriculado y esa duda planeaba a lo largo de todo el sueño causando, claro está, cierta zozobra.

Una década antes había sido otro el sueño recurrente. Seguía en el Ejército y tenía que ponerme el uniforme a toda prisa para someterme a revista. Lo curioso es que, en la realidad, nunca vestí de uniforme ya que estuve destinado en una sección de apariencia civil. 

Al reflexionar hace un tiempo sobre el porqué de la reiteración del primer modelo de sueño rechacé todas las teorías que apuntaban al retroceso, a la nostalgia, a la necesidad de volver atrás para recuperar el tiempo perdido, llegando a la conclusión de que, los soñados, fueron años de gran aburrimiento, que ese era el problema, el aburrimiento, el no tener nada que hacer, el matar el tiempo, el buscar soluciones como asistir a clase en la universidad, pese a tratarse siempre de la misma asignatura, para ocupar las interminables horas. En cuanto a ponerme con prisas el uniforme militar; nunca me ha gustado que me agobien.

Sin embargo, hoy, analizando con calma los acontecimientos, creo descubrir cierta falsedad que no se corresponde a esa condición fundamentada que se atribuye tradicionalmente al acto de soñar. Empezando por el uniforme, no parece necesario ejemplarizar la angustia del apremio mediante una circunstancia que nunca se dio. Y respecto al aburrimiento, no encuentro en mi biografía ningún periodo en que imperara esa circunstancia. Sólo se me ocurre, entonces, que hubiera un segmento de mi vida, del que no guardara recuerdo, en el que se dieran estos hechos: usar uniforme militar y no tener una ocupación que ahuyentara el fantasma del aburrimiento. Desde la infancia escribo un diario; lo he repasado y ahí no hay nada. Entonces sólo cabría pensar que los sueños fueron la verdadera vida y que en ellos no escribiera un diario que pudiera despejar estas incógnitas. O que el diario sí existiera y que fuera incapaz de hallarlo tras tantos cambios de domicilio. A lo que habría que añadir, en este punto, una nueva cuestión: ¿desde qué plano de la existencia estoy escribiendo en este blog?   

(Páginas 97-98)

5 comentarios:

Darío dijo...

Gracias por los libros, Señor Lerín.

Ferrer Lerín dijo...

A usted por leerlos.

Anónimo dijo...

Estupendo

Anónimo dijo...

Me gusta más el libro así (más sobrio y elegante) que con la sobrecubierta.

Istefel dijo...


"... ¿ Soy yo el que sueña la noche? ¿ O me he convertido en el teatro donde alguien, o algo, desarrolla sus espectáculos, en ocasiones burlescos, en otros casos repletos de una sabiduría inexplicable? Cuando pierdo el control de las imágenes con las que se teje la trama más secreta, la menos comunicable de mi vida, ¿Su unión imprevista tiene alguna relación significativa con mi destino o con otros hechos que me superan? ¿O es necesario creer que asisto tan sólo a la danza incoherente, vergonzosa, miserablemente simiesca, de los átomos de mi pensamiento, abandonados a su capricho absurdo ? ..."

A. Béguin. "El alma romántica y el sueño".