martes, 30 de septiembre de 2008

Paul Newman

Tras ver “El buscavidas” y llegar a la conclusión de que era el único epílogo posible del cine negro emprendimos una tournée por las salas de billar. Potencia era el Gordo de Minnesota y yo era Paul Newman. En una de ellas, creo que en “El velódromo”, un hombrecillo pulcro que por allí trotaba nos estuvo estudiando largo rato -Potencia de Minnesota con traje oscuro sentado en una silla con las regordetas piernas abiertas y Paul Amatller inclinado sobre la mesa dándole al taco y a las bolas- y debió de parecerle un cuadro de gran carga sexual porque nos abordó resuelto, y nos propuso hacer lo mismo en su casa pero todos con menos ropa y con algún dinero a cambio.

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Níquel, Mira Editores, Zaragoza, 2ª edición, febrero de 2006, pág. 28.

3 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

Querido Francisco, un fragmento no solo interesante, sino que deja intrigado queriendo saber más.

¿Ya leiste la reseña de Papur que hace en su blog Féliz de Azúa? Es un artículo que se publicó en El Periódico, no lo había leído. Cómo me gusta su escritura, maneja el lenguaje estupendamente. Me gusta mucho.

Muchos saludos.

Ferrer Lerín dijo...

No hay nada más peligroso, querida Magda, que decirle a un autor lo interesante -y no digamos intrigante- que resultan sus escritos. En mi caso me voy a limitar a reproducir el capítulo de Níquel que contiene la entrada del blog, justificando en parte el despliegue por la participación en el mismo de ese Féliz de tus preferencias.


1963

Potencia. Y Brillante. Brillante y Potencia. ¡Qué gran pareja! Y no es que la formaran. Su independencia en lo moral y creativo era proverbial. En todo sobresalientes. Potencia era el macho de elefante marino. Brillante la hembra del guepardo. Potencia basaba su estrategia en el aplastamiento físico y erudito. Brillante en el rápido giro de su cabeza de mantis presto a devorar al adversario. A Potencia debo la ampliación de mis horizontes literarios. A Brillante la ampliación de las páginas de mi agenda. Contaré dos anécdotas.

Tras ver “El buscavidas” y llegar a la conclusión de que era el único epílogo posible del cine negro emprendimos una tournée por las salas de billar. Potencia era el Gordo de Minnesota y yo era Paul Newman. En una de ellas, creo que en “El velódromo”, un hombrecillo pulcro que por allí trotaba nos estuvo estudiando largo rato -Potencia de Minnesota con traje oscuro sentado en una silla con las regordetas piernas abiertas y Paul Amatller inclinado sobre la mesa dándole al taco y a las bolas- y debió parecerle un cuadro de gran carga sexual porque nos abordó resuelto, y nos propuso hacer lo mismo en su casa pero todos con menos ropa y con algún dinero a cambio.

Con Brillante hice un viaje geográfico-artístico por Los Monegros a bordo de un Renault 4L de mi propiedad. Después de una primera noche en Fraga donde el posadero nos dio una monumental tabarra añorando los tiempos de no sé qué minas, de cuando aquello era América, llegamos a Bujaraloz para visitar las lagunas saladas. El “cuatro latas” era invencible, pero quizá no tanto y nos quedamos atrapados en una curva del camino convertida en un fangal por las últimas lluvias. Hice todas las maniobras propias en estos casos para salir del trance pero, ya oscureciendo, optamos por abandonar el vehículo y buscar ayuda. En la confluencia del camino con la carretera nacional, en un desmonte, tres desvencijados camiones de chillones colores, con sus tres remolques, estaban aparcados en triángulo, formando una plaza en la que varias personas colocaban mesas y sillas. Era el Circo Mabuse donde el Doctor Mortaja, el Caballero Refugio y las Hermanas Sisters Brothers constituían lo más granado. Se disponían a cenar y nos invitaron a acompañarles diciendo que luego nos ayudarían a sacar el coche. Brillante sedujo a las Hermanas, al Doctor, al Caballero y a un grupo de enanos llamado Carimales. Se crecía en estas circunstancias: subido encima de una mesa recitó varios pasajes de La Bella Durmiente en la versión de Arístides Maillol, imitó el vuelo del dirigible rígido Graf Zeppelin entre Friedrichshafen y Sevilla e improvisó algo de Gospel hasta producir más de un desmayo. Se suscitó entonces una acalorada disputa sobre su parecido físico. Encabezada por el Doctor Mortaja se creó una corriente que señalaba a Ava Gardner, al perfecto óvalo de su cara; los enanos creyeron ver en cambio a Mick Jagger; y el resto del grupo, burlón y semiebrio, se inclinó por uno de los hermanos Calatrava, el menos feo. De pronto el cielo se abrió por un rayo y una espectacular tormenta de agua y granizo provocó la desbandada general. Quedé solo. Dónde se metió Brillante. Nadie lo sabe. A los pocos minutos había dejado de llover pero ahí no se veía a nadie. Esperé un rato y me acerqué casi a tientas -la única luz venía de los faros de la carretera- a uno de los remolques. Llamé. Y no me abrieron. Repetí en los otros. Y todo igual. Me dormí al final tirado en el suelo. Y al oír un claxon me desperté. Era de día y el coche, limpio, sin una sola mancha de barro, estaba junto a mí con Brillante sentado en la plaza delantera derecha. Y del circo ni rastro. Preferí no hablar del asunto durante el regreso a Barcelona.

Magda dijo...

oh, que grata sorpresa ¡Muchas gracias! Ahora mismo lo leo.