Cuando ya todo es región, con la pastosa habla dominante como telón de fondo, es lógico que lo más repelente del kitsch, la rosa, haga acto de presencia. Y así es normal que, en tiempos de provincianismo y pandemia, dicho fenómeno adverso se propague entre la gente de bien, clase social equiparada ahora, de improviso, con la gente corriente. O sea que consignas atroces corren como la pólvora, consignas pretendiendo revalorizar una mercancía hace tiempo caducada, ese producto, hecho de pasta de chopo canadiense de repoblación, al que algunos aún reconocen por su vetusto nombre, libro; producto que seres que nunca leyeron, que nunca leen, que nunca leerán, sienten la obligación de adquirir una vez al año, oficiando un opaco ritual, un ritual customizado si se adereza con el emborronado de una guarda mediante la desganada firma del autor, culminando de este modo el proceso de validación del fetiche. Y, como práctica paralela, recordar ahora otro ritual, quizá más exquisito, oficiado por mi tío político Anselmo Bisalto Castromantecas, marido de la mayor de las cuatro hermanas de mi padre, coleccionista de libros intonso en su condición de absoluta virginidad, es decir que sus hojas no han sido guillotinadas en la imprenta y tampoco, después, han sido abiertos con abrecartas u otros dispositivos cortadores. Anselmo Bisagra presumía de no conocer el contenido de los volúmenes, de mantener sellada la puerta de escape de sus esencias. “¿Quién sabe que disparates y blasfemias contendrán? Así cerrados, los mantengo fuera del alcance de la raza humana, mientras yo viva nunca irán ligeros mancillando.”
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