Hablo de 2001 o como mucho de 1999. Yo tenía una barca cochambrosa, medio tirada en la playa de Vilasar, que servía de refugio a perros vagabundos en días de tormenta y a mí mismo en las africanas noches de verano. Me tumbaba sobre un jergón pestilente y contemplaba las estrellas acunado en el centro de unos maderos retorcidos con alguna que otra escama de pescado incrustada. Soy Palabras, tipo muy leído, algo viscoso y lascivo, vagabundo alto burgués, antiguo alumno del profesor Blecua Teijeiro y actual recolector y estudioso del rico, como siempre se dice, léxico popular. Entre los últimos hallazgos quiero anotar un mote, familiar, los Chocho, en realidad dos familias emparentadas, los Chocholelo y los Chochoplano, gente arriesgada, variopinta, de la industria y comercio del jamón de Jabugo, de las tortas del Casar y de las mermeladas La Vieja Fábrica gran formato, todo elaborado en un almacén en ruinas de la cercana Badalona, en una nave desierta que, se sospecha, en la guerra, guardó munición eslovaca. Y lo cuento porque anoche, ya con temperatura estival y unas copas de ratafía al coleto, me disponía a dormir en la barca pero, para mi sorpresa, la encontré ocupada; el pequeño de los Chochoplano, Virutas, andaba osculándose con la pequeña de los Chocholelo, La Turmas, y ante un acto de tan singular incestuosidad la emprendí a golpes con la quijada de burro, fosilizada por el sol, que hallé por estos arenales y que siempre llevo colgada al cinto. Cuando el sodomita Timbales, de merodeo, al día siguiente, encontró los cadáveres, pronunció una frase que pienso grabar a babor de la embarcación: “¿senán muerto pues?, ¡menudos gaviotos!”.
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