martes, 25 de febrero de 2014

Bar Liborio



Acudo a menudo a la plaza de la Catedral donde se concentran grupos de jubilados ávidos por leer y comentar las esquelas que las funerarias cuelgan de las rejas de los atrios. Hoy causaba especial revuelo la muerte de una tal Miguela Baltasar Logroño, último componente de la familia Liborio, los que regentaron durante muchos años el bar de dicho nombre. Me infiltro en la masa parlanchina y obtengo los datos que me permiten reconstruir, sin tener que preguntar, la historia de la saga. Liborio Baltasar Rodríguez abre el bar Liborio a comienzos de la década de los cuarenta, se pone al frente y atiende desde la barra a la parroquia, al tiempo que su mujer, Orosia Logroño Casajús, “La Señora Liboria”, se encarga de la cocina donde prepara especialidades tan famosas como las Chiretas de la Señora Liboria, madejas de intestino de cordero fritas y especialmente poco lavadas para así conservar el sabor no sólo a lana sino a cagarruta fresca. El hijo mayor, Anselmo “Chirri” Baltasar Logroño, ayuda a su padre durante unos años pero pronto enferma de mal difuso falleciendo en 1968 devorado por la sarna. Otro hermano, Miguelón, casa con una moza de las Cinco Villas y se instalan a vivir en el cuarto que sirve de almacén de vinos y quesos; es matrimonio sin sangre que no resulta fértil y ambos cónyuges mueren pronto, atropellados por una recua de mulas mezclada con carneros. Nace Miguela en 1970, póstuma, de gran cabeza, su madre reventada en el parto, y constituye eficaz apoyo para su padre hasta que la tropa la embaraza, y huye. Liborio mantiene abierto el bar hasta 2009, poco frecuentado al final por la escasa higiene en tiempos que ya se valora. Muere en 2011, y Miguela regresa, sola, el hijo asfixiado por bocio nodular, y se encierra en el local, sin agua, sin luz, donde sobrevive hasta agotar las existencias: latas de berberechos, morcillas florecidas, garrafas de olivas negras y abundantes bolsas de kikos y conguitos. Ahora, muerta, veo que la llaman La Pilotos. 


  

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Esquelas en la catedral, un tema caro a Lerín

Otro Anónimo dijo...

La España negrísima!!!!

anónima dijo...

La muerte y sus diferentes formas de aproximación literaria.

Anónimo dijo...

joder macho.... te has pasao!!!!!!!

Elías dijo...

¡Anda que no he comido yo raciones de esas madejas de intestinos fritos en los bares de mi barrio! ¡Y bien ricas que estaban! Zarajos, se llamaban.
Eso sí, no llevaban cagarrutas.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

costumbrismo ácido

Francesc Cornadó dijo...

Ganas por goleada a toda la literatura gore. Ésta al lado de las madejas de intestinos o la muerte por bocio nodular o por atracón de berberechos y conguitos no es nada.
Un abrazo
Francesc Cornadó

Anónimo dijo...

Sólo hay un asunto abierto. ¿Por qué la llaman la Piloto? Quizá es que la tropa que la embarazó era del Aire?

Ferrer Lerín dijo...

Los motes son, a veces, difíciles de rastrear. En este caso "La Pilotos" tiene la dificultad añadida del plural; todo un misterio.

Brau dijo...

En tiempos que ya se valora.

Istefel dijo...


Fragmento Brau del poema Bar Liborio. También
recua de mulas.

Brau dijo...

Sin duda, Ist.
Descuartizado el Bar Liborio ofrece suculentas piltrafas.

El Pobrecito Hablador del Siglo XXI dijo...

¡Qué grande!
Especulo con el apodo:
Es una metonimia. Indica, a través de la profesión, el tipo de hombres que más le gustaban durante los años del hierro. Seguramente solamente fue uno, pero con él voló a lo más alto

Mónica dijo...

A algunas personas les gusta leer en el water, a otras, escribir.