martes, 21 de abril de 2015
sábado, 18 de abril de 2015
martes, 14 de abril de 2015
Dos o tres casas
Entraba en la casa, grande, subía las escaleras, dejaba atrás el comedor sumido
en la penumbra y, guiado por una luz poderosa, desembocaba en el salón en el
que ahora se comía y en el que mi padre, sentado de espaldas a la puerta, me
lanzaba, así de sopetón, sin poder verme todavía, un misterioso “¿estás
regresando?”. ¿Mi padre vivía aún? No parecía alegrarse de mi irrupción, ni
tampoco el adolescente gris que apenas levantaba los ojos del plato, ni tampoco
mi madre, de pie, como llegando de otro lugar, y que adoptaba una actitud que
podríamos definir como huidiza. Pero, ¿qué casa era esta?; la puerta de la
calle, el recibidor y las habitaciones que se adivinaban a derecha e izquierda
resultaban desconocidas; sin embargo las escaleras y el comedor eran de la casa de mis abuelos
maternos y el salón era el de la casa de mis padres. ¿Y yo quién era?; entraba
en ese domicilio y avanzaba con total desenvoltura cruzando diversas estancias y
me sorprendía al ver que mi padre estuviera allí (había fallecido hacía tanto
tiempo), mas no su gran parecido conmigo; de hecho me reconocía más en él que
en su hijo, personaje que según la lógica más elemental debía ser yo, aunque
podía ser Ricardo, mi hermano gemelo, al que, en esos años, encontraron
ahorcado.
viernes, 27 de marzo de 2015
Jornada trágica
La noche anterior a la caída del avión alemán en los Alpes
soñé que iba conduciendo, más rápido que de costumbre, por una solitaria carretera, angustiado por llegar, antes de que oscureciera, a una ciudad
situada demasiado lejos. Al vencer un cambio de rasante, coronado
temerariamente sin disminuir la velocidad, vi, a muy poca distancia, un Seat
1500 negro avanzando a toda pastilla por una pista polvorienta y supe que él iba
a invadir la carretera y que era imposible evitar la colisión. Frené, y giré
ligeramente el volante para no embestir de lleno al 1500 (esos coches tenían
fama de ser de hierro) pero, pese a ello, tuve que tomar una solución drástica
para no morir: despertarme.
Debería ser suficiente que un presagio de muerte tuviera un
único correlato, pero no fue así. Imprimía los billetes de avión para mi viaje
a Bulgaria al tiempo que recibía la noticia de la desaparición del vuelo 4U9525 cuando descubrí que el aparato de
la compañía Balcanic Air en el que yo iba a volar era un Brauer, de fabricación
hondureña. Llamé al gobernador para obtener más detalles. Su valido me
comunicó, amablemente, que su alteza estaba agonizando víctima de un aneurisma
pero que el modelo 175 de la casa Brauer era merecedor de toda mi confianza; nunca
había sufrido un percance en el que el número de muertos superara la
treintena.
lunes, 23 de marzo de 2015
sábado, 21 de marzo de 2015
Enemigos
Su larga vida y su carácter algo áspero le granjearon
tenaces enemigos, cuyos nombres llevaba anotados en la moleskine que le regaló
su hijo por Reyes. Cada mañana, a eso de las once, se acercaba a la iglesia del
Carmen para ver si entre las esquelas pegadas en la fachada había alguna que le
alegrara el día. De la lista ya habían caído muchos y este invierno estaba
siendo singularmente pródigo: 11 de enero, Carlos “Negro” Sánchez Peragón; 15
de enero, Sixto “Maromas” Caballar González; 14 de febrero, Antonio “Carpetas”
Jarne Providencio; 2 de marzo, Beto “El Bestia” Ara Sangermán; y hoy, el más
odiado, Fernando Pérez Magriñán, sin un alias definido pero de aspecto
desagradable y retorcida conducta. Fue a tacharlo de la lista y, de golpe, comprobó,
sorprendido, que Magriñán era el último. Tardó en reaccionar y reaccionó muy
mal. Llegó a La Ciudadela y de una patada derribó al centinela. Le arrebató el
arma. Y se voló la tapa de los sesos. Sí, no eran dos vulgares tópicos sino dos
definitivas verdades; “el que no tiene enemigos no es absolutamente nadie” y
“la vida sin enemigos carece de sentido”.
martes, 17 de marzo de 2015
jueves, 5 de marzo de 2015
Homenaje a Perse
Enérvate hombre despreciable porque los querubes
aplacarán tus iras
lamerán tus desdichas y acogerán las turbias manos del
pordiosero amigo.
Pero si prefieres balancearte con los remolinos del nuevo
día
asciende a las cimas donde sólo reina el olvido y tus
pasos serán descontados.
"Sin título II"
Homenaje a Perse, 1961
lunes, 2 de marzo de 2015
miércoles, 25 de febrero de 2015
Ventisca
Esquiaba con ímpetu entre fuerte ventisca. No era agradable.
Regresó al hotel y al pedir la llave notó su voz alejada. Pensó que la ventisca
le había afectado el oído. Pero al ir a ducharse se vio en el espejo. La
ventisca le había movido la boca. La había colocado en la nuca. No se duchó.
Quedaba una hora de luz. Decidió vestirse y esquiar de nuevo. En otra ladera.
La ventisca venía del lado contrario. Se lanzó pista abajo. Hasta cuatro veces.
Notó cierto cambio. La boca avanzaba. Pero sin hallar el sitio. El lunes en la
oficina nadie dijo nada. Temor y respeto. Ella era la jefa. Al sonar el móvil
vieron que lo colocaba en lugar incómodo. Habló desde un pecho. Sin darle
importancia. El sábado próximo volvería a la nieve. Anuncian ventisca.
domingo, 15 de febrero de 2015
Mariety y la armónica
Muchas veces el excesivo autoritarismo de los padres
produce efectos nocivos a sus vástagos. Es el caso de Mariety que, en un diario
hasta ahora secreto, escribe: “Cuando hice la primera comunión mi padre me
regaló una armónica en miniatura, marca Hohner, de plata, con una cadenita. Por
lo que sea, un día se soltó de su cadenita, me la llevé a la boca y me la
tragué sin querer. No me atreví a decirlo y tampoco nadie me preguntó. Unos
meses después mis padres me llevaron al médico porque tenía fiebre y me dolía
mucho la garganta. Resultó que tenían que extirparme las amígdalas. Yo no sabía
nada de amígdalas y simplemente me explicaron que tenían que quitarme de la
garganta algo que no debía estar allí porque era lo que me producía el dolor.
Estaba segura de que se trataba de la armónica. Me aterraba que descubrieran
que me la había comido y que no había dicho nada.” El diario termina aquí.
Mariety fallecería antes de ser operada sin que los médicos aclararan los
motivos. Y la historia también terminaría aquí si no fuera por Julián Mamarras,
el enterrador del cementerio donde se inhumó el cuerpecito de Mariety. Mamarras
era dado a la astronomía y muchas veces al oscurecer, con el buen tiempo, se
tumbaba sobre una losa, elegida al azar, y escudriñaba el firmamento. Una
noche, sería a principios de agosto, oyó un sonido muy agradable que parecía
surgir del interior de la tumba. Sobresaltado, leyó, a la luz de la luna, la
inscripción sobre la que había reposado su espalda. Se trataba de una niña.
Muerta hacía poco. Permaneció un rato immóvil, atento. Y aunque el sonido aún
se percibía, se iba atenuando, hasta desaparecer al avanzar la noche. Volvió
Mamarras al día siguiente. Y el fenómeno se repitió. Y así en las jornadas
sucesivas. Una musiquilla que en el crepúsculo sonaba con cierta potencia y que
al pasar las horas desaparecía, como si el frescor nocturno no le conviniera.
Julián avisó al forense y, en presencia de los autoritarios padres, se exhumó
el cadáver, ya descompuesto. Descomposición que producía gases, virulentos a
las horas de calor y que, acumulados, se expandían al atardecer, dando vida al
instrumento.
jueves, 5 de febrero de 2015
jueves, 29 de enero de 2015
Novema versus Povema
Antonio Domínguez Rey,
Novema versus Povema, Madrid, Torre Manrique Publicaciones, 1987.
Un volumen de raro título, un estudio sobre un período secreto de la historia literaria
española, el primer lustro de los años 60, en el que algunos de los poetas que
inician su obra lo hacen con aires renovadores, pero de variado signo. Periodo
que Domínguez Rey cierra con el capítulo “Un aire surreal y lúdico: Francisco
Ferrer Lerín” dedicado a mi primer libro, De
las condiciones humanas, escrito en 1962 y publicado en 1964.
lunes, 19 de enero de 2015
Codos
He comprobado que mis codos soportan mejor los rigores de la
vejez que otras partes del cuerpo. Son anatomía discreta poco valorada,
inexistente en cuanto se estira el brazo y cuyo nombre no ha llegado a
sofisticarse diptongando en “cuedo”, como así lo han hecho sus compañeros
gramaticales “huevo” y “ruedo”. Hablaré con el sastre Panchito para que en el
nuevo gabán practique unos agujeros, unas coderas, de hecho unas anticoderas, que permitan lucir mis codos con elegancia al flexionar los brazos.
domingo, 4 de enero de 2015
Un poema de 1973, homenaje a T.S. Eliot.
RAILROAD FAREWELL
Abril es el mes más cruel en la gran alcoba. Se abren
nuevas grietas murales,
prosperan
ávidas carcomas, y en la
penumbra, como tentadores monstruos,
se debaten los recios cortinajes
movidos por el viento.
En Abril cruje el alero con la
pertinaz violencia de las aves
y las frías fuentes arrojan
súbitas su agua atroz.
En Abril acude la jauría al lodo
—bestias colmadas de aullidos,
rojas miradas—
con el jadear frenético de la
carrera.
En Abril la escuálida veleta
gruñe enloquecida
mientras el calamite bulle entre
las piedras.
Porque Abril es la muerte desde
que el aire perdió tu olor
y tu cuerpo ya no empaña los
viejos cristales.
1973
Cónsul (1987)
lunes, 15 de diciembre de 2014
jueves, 4 de diciembre de 2014
San José demediado
Sorprendente figura de San José, partido por la mitad, en el retablo de Alonso Berruguete del convento toledano de Santa Úrsula. Fotografía: Antonio Erena Camacho. 02.12.14.
domingo, 30 de noviembre de 2014
Emparedado
Me hablaron de la calle más estrecha del mundo, y fui a
verla. Viajé a la villa de Cañizares, en la provincia de Cuenca. Pero la
descripción era incorrecta, no era la calle más estrecha sino la calle que se
estrechaba desde hacía tiempo. Y ese era el motivo por el que acudían gentes de
las apuestas, ávidas por jugarse los cuartos. Se trataba de aguantar plantado
dentro, observando cómo se aproximaban las paredes y cómo crujían. Las apuestas,
ya en 2006, año de la foto, eran especialmente altas, pero nada
que ver con las de 2007, cuando, en la calle, en lo que quedaba de ella, apenas
cabía una mano; de hecho, el tipo que se ve en la imagen regresó en febrero de
ese año para incrementar el envite. Cuentan que sus herederos se hicieron ricos y que
él quedó ahí, aprisionado, y que ni a pedazos consiguieron sacarlo, ni siquiera
con las tenazas de la cercana herrería de Santa Cristina, la que arrendara Luis
de Molina para vivir, huido, junto a su esposa Isabel de Saavedra, la hija
ilegítima de Miguel de Cervantes.
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Fotografía: Fuensi.
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Fotografía: Fuensi.
domingo, 9 de noviembre de 2014
La estepa o quizá el desierto
Hoy ha vuelto la colina desnuda, la ladera estéril coronada
por un resalte rocoso, y no ha sido durante un sueño sino en una secuencia de Hasta que llegó su hora, en ese plano
general en el que miles de obreros se afanan en colocar vías de tren y Henry
Fonda se aproxima pausado a Charles Bronson que talla una figurita de madera.
Sé, que no lejos de allí, existe un cruce de carreteras en el que yo detenía el
coche y buscaba una indicación que nadie puso; me perdía, aprendía el concepto
de extravío, de soledad. Una carretera recién y mal terminada, mal peraltada,
con abombamientos y blandones, una carretera de asfalto gris que no se
diferenciaba, al atardecer, de las ralas y desdibujadas cunetas. La visión de
hoy, cinematográfica y real, no remeda el vigor de las imágenes soñadas,
imágenes que no regresarán (ya no queda tiempo), como nunca regresaron la
pareja de águilas perdiceras posadas en un promontorio y aquellos huesos de
cabra calcinados por el sol, esparcidos en el fondo de una vaguada polvorienta.
Pensé entonces: ¿hubo aquí alguna vez rebaños, hubo gente, hubo aves? Me
dijeron que la razón del sueño radicaba en mi pasión ornitológica, en la
búsqueda constante de grandes especies necrófagas; pero hoy pienso que esa no era
la razón, que el sueño, que la sucesión de esos sueños, era fruto de la
conciencia de que ese paisaje, y mi misma vida, culminaban su término.
martes, 28 de octubre de 2014
Malas sábanas
Nos dieron dos juegos de sábanas usadas para que duraran lo
que la estancia en la finca. Pero no fue así. La ínfima calidad y la poca
limpieza pasaron factura. A los dos días Víctor despertó con la espalda comida
por los ácaros. A la semana hubo que amputársela. Sin espalda mal le fueron las
cosas. Le puse algodón, empapado en mercromina, sujeto al pecho con
esparadrapo. El remedio no sirvió, supuraba y lo echaron del trabajo. Aburrido,
ocupaba las horas persiguiendo a las chinches; se convirtió, eso sí, en un
hábil cazador, las envolvía en los jirones de las sábanas que se amontonaban en
el suelo. Pensamos en una venta directa. Gustaban las chinches (y las liendres)
en ese pueblo. Montamos un tenderete en la plaza pero descubrieron la mala calidad
de los jirones de las sábanas y fracasamos. Ahora, de vuelta a casa (Víctor sin
trabajo y sin espalda), no hago más que pensar en lo tonta que fui, que por
ahorrarme unos pesos he traído la desgracia.
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