Coroné
el muro. Sin dificultad. Y desde arriba vi lo que no quería ver, una inmensidad
gris en la que el cielo, o las nieblas y nubes del cielo, se confundían con el
horizonte, no muy lejano. Decidí seguir, progresar hacia el Norte, pese a lo tenebroso
e incierto de lo que imaginaba. Tanteé la posibilidad del salto, mas la tierra
que se me ofrecía debía de ser pantanosa y temí quedar atrapado. Descendiendo
esa cara oscura del muro, como una salamanquesa, adherido, lento, recordé aquel
viaje a Alemania a observar pigargos, aquel atardecer o amanecer en que paré el
coche y me acerqué, caminando, al muro que cerraba el septentrión. Y esto era
lo mismo: frío, humedad, silencio. Avancé. Usaba zancos. Y, a unos metros,
difuminada, surgió una forma. El Crucificado, pensé. Pero era mujer, Kelly
LeBrock. Transformada. O en transformación. Y al acercarme, ¿o se acercaba
ella?, cobraba luz, y mucho color. Esa mujer, cómo apareció, ni siquiera sé si
se encontraba allí. Formada, sin duda, por retazos de otras, lucía falda de
muselina, refulgente, que ondeaba sin que soplara el viento. Quise abrazarla.
Así de pie. Contra la nada. A mi manera. Tan grande la pasión, que desperté. Y
no era yo.