domingo, 29 de julio de 2012

Textos anónimos alterados 7

Peladilla y Señora Avellana quedan atrapadas en una isla tras sufrir un cruel naufragio; sólo ellas y un grupo de mujeres espectaculares han sobrevivido. Pasados los primeros momentos de alegría al sentirse vivas se dan cuenta de la gravedad de la situación: no saben si van a encontrar agua potable y alimentos que les permitan sobrevivir hasta recibir ayuda. Deciden internarse en la selva. Tres mujeres espectaculares, de avanzada edad, permanecerán en la playa protegidas del sol mediante plásticos amarillentos que irán agitando sin tregua para ser detectadas con facilidad por aviones y buques. El resto irá a por víveres o a un eventual encuentro con seres humanos. Transcurren dos meses. El grupo expedicionario regresa a la playa notablemente mermado por las enfermedades y el esfuerzo, pero con cinco cestas de melocotones y albaricoques. Las tres mujeres espectaculares de avanzada edad están bien, eso sí con los brazos más musculados. Se organizan. Tras las bajas, la pandilla ha quedado reducida a las jefas Peladilla y Señora Avellana más noventa y ocho mujeres espectaculares. Ya que nadie acude a rescatarlas deciden construir un barco y llegar a la siguiente isla del archipiélago, la Isla de los Salvajes Humillados. Lo consiguen. Ahora, perfectamente integradas en la sociedad civil, se encargan de mitigar los estragos que causan dos pandemias entre la población masculina: la Fimosis Salvaje Incomunicada (F.S.I.) y el Chancro Blando Meditabundo (C.B.M.).           

sábado, 28 de julio de 2012

Textos anónimos alterados 6


En Tejas un ser atemoriza a los habitantes. Le llaman El Cíclope, un monstruo de un solo ojo de cuya raza sobrevive un ejemplar. Para acabar con él un magnate del ferrocarril contrata a Joey Garza, un joven asesino que mata a sus víctimas a gran distancia con un rifle de precisión.

lunes, 23 de julio de 2012

El vendedor de rosquillas

Estoy en la Estación Central apoyado o pegado a una persona más baja, un vendedor de rosquillas, cuchicheando o simplemente hablándole al oído, tan grande es el estruendo. Es una escena ya vivida que un grito de la estridente Martanís pone en evidencia al despertarme. No sabré (nunca sabré, no logro recuperar el sueño) qué situación era esa, si mi estancia en el gran vestíbulo obedece a razones de peso o es un simple subterfugio del guionista para reflejar mi soledad o la incomunicación entre los seres humanos. Constato ahora que el estruendo no procede del incesante paso de trenes por los andenes sino de los gritos de Martanís, inútiles en apariencia ya que en medio de la noche nadie acude a socorrerla, por lo que podría tratarse incluso de una cinta de la época del cine mudo, muy antigua por lo tanto.  

jueves, 19 de julio de 2012

Lorra





Una lorra
no evita siempre al humano
se sabe
autora de burlas provocantes a risa
porque
no hablamos de la zorra de carne
ni
siquiera
del gato de clavo
hablamos de quien festeja la piltrafa
en los meses de mayo y junio
de quien
como el esclavo puesto de continuo a la tortura
no está libre de cardenales.

lunes, 16 de julio de 2012

Tres novelas de contenido sexual



Tres novelas importantes en mi relación con la historia de la literatura. La primera, Congreso en Estocolmo de José Luis Sampedro, la segunda, El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence y, la tercera, Trópico de Capricornio de Henry Miller. 

Congreso en Estocolmo, publicada en 1952, fue la mercancía clandestina que el club de jugadoras de bridge al que pertenecía mi madre hacía circular entre aspavientos y sonrisas cómplices. Pese a mi corta edad supe de ella aunque, como es lógico, se impidiera que mis ojos, y demás sentidos, pudieran turbarse leyendo sus páginas. En 1958 me hice con el ejemplar que se guardaba bajo llave en el despacho de mi padre y, desde 2007, por circunstancias que no tienen nada que ver con aquellas cuitas familiares, mantengo una buena amistad, no libidinosa, con José Luis Sampedro y su mujer la escritora Olga Lucas. 

El amante de Lady Chatterley llegó a mí en 1959 gracias a una cleptómana argentina instalada en Barcelona. Era una edición mejicana de nefasta tipografía y peor traducción. Recuerdo que cuando en 1980 la contrasté con la de Francisco Torres Oliver publicada por Alianza no reconocí muchos de los pasajes. En cualquier caso tanto la edición mejicana como la española contenían un diálogo, entre Hilda y el guardabosques Oliver Mellors que, debido a mi ética ambiental, me produjo mucho más desasosiego que las supervaloradas escenas eróticas; se daba cuenta, con toda naturalidad, de la intención del guardabosques de matar una rapaz nocturna, sin duda para configurar la brutalidad del personaje. No conservo ninguna de las dos versiones por lo que he recurrido a otra, on line, en la que, eso sí, la rapaz nocturna es una lechuza y no un búho:

-Puedo encontrar el camino perfectamente sola -dijo.
-Dudo que pueda -contestó él con tranquilidad.
Volvieron a bajar de nuevo por el sendero en silencio y en una fila ridícula. La lechuza seguía ululando. Mañana tendría que matarla.

Trópico de Capricornio formaba parte del lote que mi padre compró a un viajante de artículos non sanctos, lote en el que también se hallaban las Obras Completas de Sigmund Freud en la edición en dos volúmenes de López-Ballesteros para Biblioteca Nueva (Madrid, 1948) y las Memorias de Casanova, también en dos volúmenes, ilustrados por Serny, en la colección El Arco de Eros de E.D.A.F. (Buenos Aires, 1962). Trópico de capricornio, la más famosa e intensa obra de Henry Miller, conformó los inicios de mi escritura en prosa y, quizá como homenaje, aparece en las páginas 321-322 de Familias como la mía a propósito del término “doppelgänger”:


Nada hacía presagiar el uso, en este texto, del vocablo alemán “doppelgänger”; quizá, y buscando los tres pies al gato, pudo influir cierta reciente y tenue propagación del término aquí y allá en documentos pretenciosos. En cualquier caso, la única conexión del autor con la palabra, se produjo merced a la novela Trópico de Capricornio de Henry Miller en cuya página 188 (cito por la tercera edición, 1964, Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, traducción de Mario Guillermo Iglesias) puede leerse “-Eso, Miss Abercrombie –le dijo-, es una especie de Doppelganger a mi verdadero miembro.”

A mediados de la década de los sesenta Ferrer Lerín poseía un ejemplar anotado de Trópico de Capricornio al alcance de sus amigos más tenaces en al arte masturbatorio. En la primera guarda se daba relación, a lápiz, de las páginas en las que aparecían los pasajes más sugestivos. Uno de los receptores del ejemplar, el castellonense Norberto Tuerto, fue sorprendido por su padre en acto contranatura y, arrebatándole el catecismo, lo descuartizó y echó al fuego. Después preguntó de quién era y qué valor pecuniario tenía, y así pude, resarcido, adquirir otro ejemplar –éste que manejo- aunque, no sé ahora, si el masacrado sería tercera edición u otra anterior.



miércoles, 11 de julio de 2012

Lamentables vacilaciones

Venía andando de la granja de Nabo Gordo e iba hacia Puente Nuevo cuando, al llegar al desvío de la cabañera, dudé qué camino tomar eligiendo al fin la carretera general. Circulaba en ese instante por ese punto una Berlingo y el conductor, al ver que me disponía a pisar la calzada, disminuyó de modo notable la velocidad lo que supuso un retraso de seis segundos en su paso por la curva y, por consiguiente, la interferencia con el vuelo de un macho de gorrión –Passer domesticus- que venía de comer grano de un campo de cebada y que se estampó en el parabrisas para ir a parar, rebotado, a la cuneta. Volví a dudar, esta vez entre dejar el calentito cadáver en un campo de alfalfa recién segado, al alcance fácil de algún milano, o trasladarlo en mi coche aparcado en la fuente de La Cazoleta (al lado de Puente Nuevo) hasta R.C.E. (Recodo del Camino de Eléctricas), enclave en el que acostumbro a echar restos para carroñeros, allí muy abundantes. Decidí transportarlo pero, el minuto perdido elucubrando, supuso que el semáforo del Paseo de la Constitución cambiara de verde a rojo cuando yo estaba a pocos metros y, por no saltármelo, pegué tal frenazo que se abrió el portón trasero al tiempo que el conductor del descapotable que me seguía volaba por encima del parabrisas para aterrizar en mi maletero donde su cabeza estalló desparramando los sesos sobre el pequeño pájaro arruinando la posibilidad de convertirlo en alimento de necrófagos al prohibir, un policía local, que lo despegara del viscoso magma ya que constituía, dijo, una fehaciente prueba acusatoria contra la empresa de mantenimiento del semáforo de marras, famoso por sus bruscos cambios.    

lunes, 9 de julio de 2012

Ormond el sangrante

Una etapa de mi vida de la que nunca he hablado es la que pasé en Santander como celador en el Hospital Marqués de Valdecilla. No digo que fueran años especialmente esplendorosos pero sí cumplieron a la perfección con el objetivo buscado: vaciarme a fondo, sentimental e ideológicamente. Además, y por eso rescato ese periodo, pude conocer a algunos personajes realmente sobresalientes de los que destacaré uno, el hombrecillo parlanchín y vivaracho que apareció la madrugada de un domingo de invierno contando a todo al que tenía a tiro, en especial al sufrido personal de recepción, que a él le sangraban no sólo los orificios sino que también se le cubría la piel de sangre. Preguntado que cuándo le sucedía dicho fenómeno respondió que cuando le daba la gana. Llamaron al corpulento doctor López, el internista de guardia, entraron juntos en la sala de reconocimiento, y nunca más volví a ver a tan minúsculo individuo. Estas vacaciones, en las fiestas patronales del pueblo del que soy originario, me sorprendió ver que junto a los habituales autos de choque, noria gigante y caballitos, se había instalado un barracón pintado de rojo y con aspecto de búnquer, ya que carecía de vanos excepto la taquilla y una estrecha puerta tapada con una pesada cortina. Compré un tique y entré. Daba miedo. La oscuridad casi absoluta y el aire viciado se complementaban con la música siniestra que surgía de una gramola. Me senté, apartado del resto de espectadores, todos hombres, que fumaban compulsivamente. El espectáculo fue breve. Un tipo corpulento, en pijama hospitalario, se tendió, tras despojarse de la parte superior de la prenda, sobre una cama metálica, y una mujer, ataviada de enfermera, le dio a la manivela para incorporarlo de modo que pudiéramos constatar, a la luz de un foco, como, de repente, comenzaba a sangrar por la boca, la nariz y los oídos, luego por los ojos y, finalmente, por la superficie de la piel que quedaba al descubierto.              

viernes, 6 de julio de 2012

Textos anónimos alterados 5

En el muelle de carga de un puerto, cae accidentalmente un contenedor dejando ver en su interior el cadáver de una empleada de hogar. El práctico y su esposa aseguran no tener nada que ver con el caso, pero ella empieza a sospechar del marido cuando desaparecen 215.000 euros y él no puede explicarlo.

miércoles, 4 de julio de 2012

Textos anónimos alterados 4

El agente del FBI Jake Malloy pierde la cabeza cuando un asesino mata a varios de sus compañeros y también a su novia. Además, no puede vengarse del criminal porque este se suicida después de robar en un gimnasio. Totalmente desesperado intenta ahogar sus penas en alcohol de quemar.

domingo, 24 de junio de 2012

Colisión


Me senté al fondo. En la última fila. Nunca me colocaba ahí. Pero hoy era el día del choque. En la recta de la carretera, donde los vehículos pesados, el autobús en el que yo iba y el camión quitanieves que circulaba en sentido contrario, alcanzan la velocidad máxima. El impacto, brutal, que me lanzó contra el respaldo del asiento delantero, podría definirse, en términos acústicos, como un trueno que de inmediato enlaza con el chirriar de la cuchilla de acero especial de 400 Brinells de dureza al segar la carrocería del autobús mientras las vertederas de acero barnizado, las inmensas orejas que flanquean la proa, producen un ruido sordo al aplastar, a la manera de un acordeón, toda la estructura. Sabía que la cuchilla, los alerones, toda la cuña quitanieves, iban a quedar a milímetros de mi persona. Así fue. Luego, vino el silencio, sólo importunado por el gotear del carburante desde los restos del depósito. También sabía que ese repiqueteo no iba a durar demasiado. Así fue. Pero, esta vez, no porque acabara el sueño. La causa era otra. Llegaba el estallido.   

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Mansa chatarra
Pág. 112

jueves, 21 de junio de 2012

Sosias

Cogí el AVE en Zaragoza, el que sale a las 11:43 y llega a Madrid a las 13:10. Mi asiento era el 13D, lo que supone ventanilla, pero tuve suerte, el 13C quedó vacío y así pude cambiarme apartándome del sol que, pese a la persiana, pegaba con fuerza. El asiento 12B estaba ocupado por una mujer catalana (el tren tenía su origen en Barcelona), de unos 45 años, que no dejó de hablar ni un solo instante con la que ocupaba el asiento 12C por lo que, al quedar el pasillo en medio, permaneció sentada de lado durante todo el viaje, de cara a su interlocutora, que no volvió siquiera la cabeza. Eran psicólogas y preparaban su intervención en un simposio. La tenía pues justo enfrente y, aunque intenté no fijarme en ella, había algo que me intrigaba y que, pese a la desagradable palabrería, hizo que le fuera prestando cada vez más atención. De golpe me di cuenta. Era su parecido, su enorme parecido a una persona a la que había visto hacía poco, en concreto esta Semana Santa; me refiero a mi amigo el escritor y profesor jienense Juan Manuel Molina Damiani. Quedé ofuscado, tan grande era su semejanza y, ella, creyendo que mi interés era de otro tipo, comenzó a ensayar unas maniobras de pavoneo francamente deplorables. Se levantó un par de veces recorriendo el pasillo con toscos contoneos y, al sentarse, abrió y cerró los ojos con lentitud hasta fijarlos en los míos. Pero, pese a los coqueteos y aspavientos que, lógicamente, nunca se habían dado en Molina Damiani, su similitud me parecía cada vez más evidente. Repasé qué sabía de la familia de mi amigo y concluí que no tenía hermanas, siendo por otra parte imposible que la psicóloga fuera una hija espuria o su señora madre. Decidí no darle más importancia y me dediqué a leer un folleto sobre el vino de Cariñena pero, a los pocos minutos, la oí toser con fuerza, con esa forma característica de los grandes fumadores. La miré y vi ante mí a Juan Manuel con pechos, hablando en catalán y con la falda subida hasta mostrar generosamente los muslos. No pude más. Cogí el móvil. Busqué su número en la agenda. Constaba como Damiani. Y marqué. Fue muy rápido. En seguida empezó a sonar. Rebuscó nerviosa en el bolso. Agarró con fuerza el móvil. Pulsó la tecla. Y yo colgué.    

martes, 19 de junio de 2012

Gingival en Madrid











































Con el director de la editorial Menoscuarto José Ángel Zapatero.

domingo, 17 de junio de 2012

Angelita Domené

Decidió que este verano iba a dejar que la tocaran. Pensó primero en los socios del club ajedrecista, luego en los soldados del batallón “Las Torcaces” e, incluso, en los buscadores de pimientos silvestres del Carrascal de Pebredo. Pero había riesgo, no se veía capaz de controlar a esos tipos y tampoco se veía capaz de controlarse a sí misma; ¿qué efecto podrían causarle los tocamientos? Quería que la cosa no pasara de ahí; quizá el año próximo se atrevería a culminar el proceso. Propuso, entonces, a sus padres, que la apuntasen a una colonia estival, a la que organizaba el Club de Montañeros del Recio Bucardo, famosa por las acampadas en lo más agreste de las montañas. Aceptaron sus padres, era un reto para su hija, y también aceptó el jefe de los monitores, el reverendo Pastinaca, al observar las suculentas credenciales que a la niña le tremolaban con el andar poliomelítico.      

lunes, 11 de junio de 2012

Vegetalización


Estoy pensando en convertirme en árbol. Casi mejor sería decir que estoy decidido a convertirme en árbol. No es una vieja idea, es algo relativamente reciente pero que no acababa de cuajar, quizá debido a la duda de qué especie de árbol era la idónea, aunque tuviera una pequeña lista encabezada por el olmo y el aliso, sin desdeñar el arce y el fresno. Esta tarde, tras una breve pero intensa tormenta, he ido a andar por el camino de la finca Cuatro Nalgas, ese provechoso enclave y, sería por la luz o por las gotas de lluvia que aún lo bañaban, he visto claro cuál era la especie que me convenía: el fresno. Leo, al llegar a casa, que el fresno –Fraxinus angustifolia- es un árbol de tamaño medio pero que, en condiciones favorables, puede llegar a los 25 metros, su tronco es corto, grueso y de corteza gris y, sus hojas, que caen en invierno, se disponen una frente a otra y están formadas por hojuelas lanceoladas que tienen el borde aserrado y son lampiñas. Perfecto. Incluso otra cuestión que me preocupaba cuando empecé a considerar el proyecto, ha dejado de hacerlo; me refiero a si iba a tener conciencia, en mi nuevo estado, del estado anterior, en el que aún estoy. Pero, realmente, qué más da recordarlo o no, como si la vida mamífera y móvil fuera algo del otro jueves.   




domingo, 3 de junio de 2012

Mutaciones


Vi hace unos días la película de Brian de Palma Doble cuerpo (1984). Recordaba, de cuando su estreno en España, algunas secuencias, por ejemplo la inicial en la que el protagonista, actor de cine de serie B, sufre un ataque de claustrofobia interpretando a un vampiro que despierta en su ataúd y, otra, la muy larga y bien rodada persecución en el marco de unas inmensas galerías comerciales; no recordaba, en cambio, cuál era el nombre del personaje que interpreta Melanie Griffith. Como sucede a menudo, el doblaje desvirtúa muchos giros del idioma original pero, en este caso, el problema se suscita en la traducción del título y en la traducción del nombre de la protagonista. La verdad es que es muy difícil atinar en la traducción de Body Double ya que, por un lado, remite al hecho de que dos mujeres parecen una sola, en un homenaje a la doble de cuerpo que Brian de Palma necesitó en Vestida para matar y, por otro lado, a que el nombre de una de ellas sea, nada menos que, Holly Body. Ante esta dificultad, ante el inevitable paso de Body Double a Doble Cuerpo, lo recomendable hubiera sido mantener Holly Body o, en un gesto de audacia traducir la segunda parte quedando en Holly Cuerpo, pero no, la pirueta va mucho más allá, Holly Body es transformado en Holly Curvas. Mas todo esto no es más que el aperitivo, el antecedente obligatorio para situarnos ante el problema en toda su grandiosidad: desempolvé, tras esta segunda visión de la película, el librito Brian de Palma, número 27 de la Colección Directores de Cine, de Ediciones JC, publicado en Madrid en 1987 y cuyo autor es Enrique Colmena. Pues bien, en la página 145 se hace mención, por primera y única vez, al nombre que en la versión española se da al personaje de Melanie Griffith y entonces, por esas cosas del destino, el primitivo Holly Body no queda convertido en Holly Curvas sino que, debido a una minúscula mancha, a una mota de polvo oscura integrada en la poca distinguida pasta de papel con que se confeccionaron las hojas del libro, surge un acento, una tilde como gusta ahora decir, sobre la “a” de Curvas y, así como en esos sorprendentes apellidos valencianos y catalanes (caso de Rubió y Marcó, entre otros), se acuña un nuevo nombre, casi una nueva heroína: Holly Curvás.            

viernes, 25 de mayo de 2012

Spätwerke

Escribe Luis Gago, en el prólogo del programa de la vigésima edición del Liceo de Cámara del Auditorio Nacional de Música, que “Este año no es un compositor, ni una forma o género, ni siquiera una época, el hilo conductor que articula la programación (...). En esta ocasión se trata de un concepto temporal y, de resultas de ello, también estilístico (...). Opus ultimum hace referencia a las producciones artísticas (no solo necesariamente musicales) nacidas al final mismo de la trayectoria de sus autores. Se trata por ello, en principio, de obras nacidas en plena madurez (...), que por distantes que estén en el tiempo y diversos que sean sus lenguajes, suelen compartir algunas características comunes. Este tipo de creaciones o Spätwerke, por utilizar su denominación alemana, pueden adoptar un tono de despedida, un leve, marcado o penetrante aire testamentario, más aún si, como sucede en muchos casos, nacieron al calor de la sospecha –o la certidumbre- de una muerte cercana.” Y llegado a este punto es inevitable formularse la pregunta de si mis últimos escritos, en particular mis últimos poemas, no poseen esas marcas indelebles de ‘estilo tardío’.    

martes, 22 de mayo de 2012

Desde el coche en marcha




























Un buitre leonado, un buitre negro y un alimoche, posados en un campo, fotografiados a través del cristal de la ventanilla del coche. Provincia de Huesca.