lunes, 30 de enero de 2012

El monstruo en Papeles de Son Armadans





EL MONSTRUO



Acabé con la provisión de pollo en un santiamén y mi plato quedó colmado de huesos.

Mickey Spillane



Oí gritar “Fenk-Fenk” y comprendí de qué se trataba. Otra vez había vuelto después de varios años. Pero nunca se le lograba ver a la luz del sol o por varias personas al unísono. Y ahora parecía derrumbarse la costumbre. Varios lo habían contemplado. Tranquilamente ubicado en el centro de la era Truci el monstruo permanecía en el estado que le permitía su elevada edad. Los campesinos de la granja eran los más próximos. Sus turbantes violáceos de gasa sutil ondeaban casi sueltos por las innumerables idas y venidas en todas direcciones. Intenté infiltrarme hasta la primera fila. El sol en su trabajoso ocaso dañaba mis ojos y me obligaba a protegerme con las manos. Ahora conseguía ver bien. Realmente su talla sobrepasaba cualquier cálculo pero tanto el color como la forma parecían vulgares. La cola necesariamente debía de tener unos veinte pies. Era lo más sobresaliente. También las orejas y la longitud del pelo impresionaban. Además surgía de un modo constante una llama verdosa de las fauces semicerradas que pude vislumbrar como huidizas. Sin embargo como ya he dicho antes el color y la forma no asombraban al principio. Mas al cabo de algún tiempo me pareció reconocer un cierto tono frío en su aspecto general. Quizá era el efecto del largo rato transcurrido con el consiguiente enfriamiento tras la puesta de sol. Había luego una aureola que no dejaba de inquietarme. Era una aureola lívida y carmín que aumentaba al mismo tiempo que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad reinante. No podía dejar de chocar al buen sentido lógico de aquellas gentes el extraño fenómeno de la evidente luminosidad de aquel ser. A mí también me sorprendía. Tracé con el dedo índice un movimiento bascular y noté satisfecho que mi dedo era transparente. Ahora las fauces variaban mucho más deprisa. A lo mejor su traslación corría excesivamente para poder ser registrada por mis ojos ya fatigados y la llama verdosa daba el efecto de invadir toda la extensión de la bestia. Por eso quise darme cuenta sucintamente de cuál era su forma que seguía siendo vulgar. La comparé al principio a una piel de carnero pero desdeñé rápidamente la idea por ser la piel demasiado viva. Pensé luego en el corcho arrancado de los alcornoques del bosque Hert pero no hallé el límite de la zona más clara. Indudablemente se trataba de una forma difícil de una forma cercana puede a un cuerpo geométrico desposeído de aristas. Un cubo de lados infinitos pero reducido al tamaño de un huevo de pato por ejemplo. O un halo de puntos en la intersección de las líneas aromáticas del profesor Ludel. Olvidé momentáneamente la persecución formal y me fui inclinando al socaire de la brisa. Debía de ser bastante tarde. Estaba solo. Llorando de eso no me cabía duda. Y el monstruo aprovechaba estas circunstancias para desvanecerse un poco. Volví en mí y logré atenazar la última parte de la bestia que casi ya había traspasado la barrera de la noche. Era una parte pequeña pero comprendí que se trataba de la más importante. Parecía que la guardase para el final por si era sorprendido y debía mostrar algo. Me acerqué aunque resultó imposible. La distancia permanecía inalterable. Decidí hablarle sobre alguna cosa que él comprendiera como por ejemplo sobre los campesinos que por cierto no habían hecho ruido alguno al desaparecer. Medité un momento en qué idioma debía dirigirme pero ninguno de los que conocía me pareció bueno. Aguardé un instante y comencé a susurrar. El susurro surgió con una violencia extraña. Callé en seguida y volví a sumirme en el silencio. Conté los pasos que me separaban de la fiera y coloqué mis miembros en posición de salto. No sé por qué pero deseé maltratarle. Resultaba odioso de repente e incluso sus ojos no tenían suficiente belleza. Salté. Y caí sobre el pavoroso ser que comenzó a devorarme las hojas bajas. No experimenté ninguna sensación dolorosa a lo sumo un cosquilleo algo enervante. Intenté desprenderme. El monstruo desparramaba al moverse un viento de lluvia y todo el cuerpo me quedó empapado. Ahora me dolía tremendamente algo. Algo como una extremidad lateral. Algo que hasta entonces nunca había poseído. El monstruo cedía en su abrazo y nuevamente estiré en la dirección que él no podía mantener como idónea. La maniobra dio resultado y logré desasirme. Dando tumbos volví a la posición inicial con su consiguiente separación y volví a llorar desprendiendo un jugo blanco de las articulaciones altas. Amé al monstruo en aquel instante ya que me permitía existir. Su hocico se convirtió tajantemente en una mano y deseé ser acariciado. Extraje del bolsillo un bombón brillante y dudé entre comérmelo y entregárselo. Hice lo primero pero había perdido el gusto. Vi colgadas del cielo cientos de maletas. Y comprendí que se estaba acabando el verano y que pronto habría que partir. Hablé por teléfono y la voz no correspondió a nada. Vi al monstruo hendiendo el tiempo con su pata mediana. Y me di cuenta de que había concluido por ahora la posibilidad de soñar.

 

1963



jueves, 19 de enero de 2012

Reparto























Las piezas del drama ornitológico: 
necrófagos, grandes espacios abiertos, 
Lada Niva y escasa presencia humana.  

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Foto: Archivo Fran Ferrer

martes, 17 de enero de 2012

La huerta Dumbo


Me gusta llegarme hasta la huerta Dumbo. Dejo el coche en el inicio del camino del Gas y, andando, chano chano, recorro el valle observando las aves, las lagartijas y las perspicaces avispas canario. Dejo atrás la planta depuradora de aguas residuales, también el puente de Guaso y, a unos doscientos metros, tengo ya ante mí la mole de piedra de la casa, los corrales hechos de traviesas y los geométricos campetes de la huerta Dumbo, la mayor y quizá la más antigua de las que se asientan en las márgenes del río. Me coloco entonces tras los chopos que flanquean la verja que cierra el acceso a la finca, extraigo el fusil de la arqueta de riego y disparo al hombre enfundado en un mono azul celeste que siempre se mueve, con total parsimonia, entre montones de estiércol. Nunca debo de acertar o es que son varios los que trajinan este apreciado abono orgánico.        

sábado, 14 de enero de 2012

Coches 6




 

 




 

 

 

RÉGENCE


SIMCA (Societé Industrielle de Mécanique et de Carrosserie Automobile) inicia en 1954, en Poissy,  con motores Ford V8, la fabricación de la gama Vedette que concluirá en 1961 al trasladar a Brasil la producción en el seno de la marca Chrysler y hasta 1969. Dentro de esa gama, el modelo Régence, uno de los más lujosos, será conocido en España, a través de las contadas unidades importadas, como Ford Régence o Versailles Régence. Ferrer Auger adquiere en 1960 un Régence impecable a un aristócrata madrileño. El vehículo, blanco y azul cielo, lleva un escudo grabado en el salpicadero. Único de los coches citados que es conducido por Lerín y con el que, a espaldas de su padre, vivirá varias aventuras de corte sentimental.     

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Ferrer Lerín junto al Régence. Barcelona nevada. ¿1962?



Coches 5


 


 

 




 

JOWETT JAVELIN



De 1947 a 1958 salen 23.307 unidades de Jowett Javelin de la factoría de Jowett Cars Ltd. de Yorkshire, en Inglaterra. Este especial vehículo es comprado en Madrid ¿a mediados de los cincuenta? por el padre de Lerín a un diplomático de la embajada del Reino Unido. Era verde oliva.


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Ferrer Auger apoyado en el Jowett Javelin.
Barcelona. Finales de los cincuenta.




Coches 4
















RENAULT  JUVAQUATRE

Fabricado en Francia de 1937 a 1948. Antecedente del mítico Renault 4-4. Auger lo adquiere a comienzos de la década de los cincuenta. Con este Renault Juvaquatre, idéntico al de la imagen, realizan padre, madre e hijo, en unas Navidades, un trágico viaje a Madrid: atravesando de noche los Monegros, en plena nevada, el motor del coche se para, piden ayuda a un camionero y éste al intentar solucionar la avería es atropellado mortalmente por una camioneta llena de gitanos.

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Foto: Renault Club Czech republic.


Coches 3






ADLER TRUMPF

Fabricado en Alemania desde 1933 a 1941. Algunas unidades llegaron a España en los años inmediatamente posteriores al fin de la guerra civil e incluso es posible que durante el transcurso de la misma. El padre de Ferrer Lerín adquiere en Barcelona un Adler Trumpf a mediados de la década de los cuarenta.    


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María Luisa Lerín Falcó junto al Adler. 1947.

Adler Trumpf Junior  (1936). Colección Polypack, Inc. Florida.



Coches 2









OPEL


En la década de los 30 Opel fabrica en Alemania varios modelos en los que la simplicidad y la funcionalidad son sus principales características. Ferrer Auger adquiere en Barcelona, en 1944, un Opel de cuatro puertas de color negro. 

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Francisco Ferrer Lerín y su madre, María Luisa Lerín Falcó, en el Opel.
Barcelona. Invierno 1944-1945.

viernes, 13 de enero de 2012

Coches 1


 

ROSENGART


Marca francesa de automóviles creada por Lucien Rosengart. El primer coche de Francisco Ferrer Auger, padre de Ferrer Lerín. Lo adquiere a finales de 1942 en Llavaneras (provincia de Barcelona). Un Rosengart bicolor, de segunda mano, que da muy mal resultado.

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Francisco Ferrer Auger, de espaldas a la puerta, con un
compañero de caza y el Rosengart bicolor. Aragón. Años cuarenta.

Muerte de la web























El último segundo de vida.

Web

Tras ser masacrada por un grupo religioso se transforma en  http://www.ferrerlerin.com/  Nadie conoce los motivos de la masacre y de la transformación. Ahora, de modo aún más enigmático, recuperan, a partir de la antigua página, un par de secciones. De una de ellas, “Coches”, ofreceremos en breve una cuidada síntesis.   

miércoles, 11 de enero de 2012

Herpetología








                                                                           



       
               


                              
La Tarasca. Colegiata Santa María. Antequera
Tarasca de reciente factura recreando una granadina del siglo XVIII

Jasón y los argonautas 
Don Chaffey (1963) 

domingo, 8 de enero de 2012

Meissonier



Volviendo a Dalí: “yo era ya un ferviente admirador de la pintura ultrarretrógada, encarnada por el gran Meisonnier, que siempre he considerado como un pintor muy superior a Cézanne.” Diario de un genio, Tusquets Editores, 1º ed., diciembre 1983, traducción de Paula Brines, pág. 162. 

lunes, 2 de enero de 2012

Aniversario






Desde el principio ella fue Derrida y yo Paul de Man.
Y el abismo se abrió en el vértice de la palabra.
Hoy ella cumple una edad adolescente.
Yo, anteayer, un certificado de tránsito.

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Mark Tansey, Derrida Queries de Man, 1990.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Semihundido


La disputa surge al llegar la palabra “Perro”.
A, niega su existencia, B, confiesa que no la oyó, y la vasta masa opaca no logra fijar la voz.
En un escenario de amplias características la postulación de un problema estimula la elocuencia, pero ahora nos hallamos en un foro reducido.
Quizá sí hubo una forma que acudía a ese reclamo, aunque falten elementos para entrar en discusión.
No obstante C, funcionario, materializa una idea: la forma pudo existir y el tiempo la devoró; de hecho algunos sentimos resonancias parecidas, como ecos, como ecos que llevaban a la gente a ponerse a cuatro patas, a emitir raro fragor.
Mas esto pasó al principio, cuando tal vez persistían los restos de otra palabra, hoy para todos perdida; algo así como “Castaña”, o quizá como “Albornoz”.

(Papur, pág. 51.)

domingo, 25 de diciembre de 2011

Diogo de Arruda


























Ventana manuelina del Convento de Cristo en Tomar. 
¿Uno de los monstruos del jardín de Bomarzo?

viernes, 23 de diciembre de 2011

Bibliofilia 20



Pierre Berès, nacido en 1913 en Estocolmo con el apellido Berestov y fallecido en 2008 en Saint-Tropez, inicia su vida profesional recopilando autógrafos aunque pronto se pasa al mundo del libro en las vertientes de coleccionista, librero y editor. Gracias, según sus competidores, a la falta de escrúpulos, a su pasión por la bibliofilia y a su capacidad de seducción, logra adquirir a precios razonables grandes tesoros bibliográficos. En los dos últimos años de vida subasta buena parte de su biblioteca siendo el monto de la operación superior a los 35 millones de euros. En un catálogo de la venta de esos fondos, en la página 15, se anuncia la obra de Galeno De morbis et Symptomatis editada por Josse Bade en París en 1528. En la misma página del catálogo y bajo dos ilustraciones de las guardas del libro, se facilita la siguiente información: LA SYPHILIS. EXEMPLAIRE TRES ABONDAMMENT ANNOTE PAR UNE MAIN CONTEMPORAINE. Yo llegué a ver ese ejemplar. De niño, en una única y fugaz visita a la casa de mis abuelos paternos, situada en la localidad de Hix en la Cerdaña francesa, lo encontré, abierto, sobre la enorme mesa de un despacho, mostrando las muy abundantes anotaciones. En la hagiografía Jornada laboral de un poeta barcelonés  [Tropelías. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Universidad de Zaragoza (2004-2006), nº 15-17, págs. 553-560] se menciona ese lugar: “mi abuelo Ivo, médico de profesión, formó su inmensa biblioteca comprando, en sus viajes por medio mundo, a precios a veces desorbitados, los volúmenes más valiosos; y todo gracias a las partidas (de póquer) que organizaba mensualmente en su caserón de Hix, en la Cerdaña francesa, donde desplumaba regularmente al notario y al farmacéutico de Puigcerdá, al juez de paz y al comadrón de Font-Romeu y así a todo el subsector profesional de la comarca.”




miércoles, 21 de diciembre de 2011

Iconografía 8














“Sólo probé el rancho una vez, mejor dicho, sólo entré en el comedor una vez, y el espectáculo era realmente dantesco. Para no aburrir con detalles escatológicos me limitaré a contar el caso del “turuta”, individuo de gran corpulencia y pasmosas dotes de ahorro -se enriqueció con la paga de esos meses-, que necesitado sin duda de una buena dieta proteínica, agarraba, eso sí con el tenedor, uno de los huevos fritos que coronaban la bandeja, y arrastraba a todos los que estuvieran pegados. Se formaba un rosario de huevos fritos entre la bandeja y su plato y, ante el regocijo de los presentes, era capaz de dar cuenta de veinte de ellos. En otras ocasiones, y en una sorprendente muestra de diversidad culinaria, en vez de fritos, los huevos se servían duros, pero sumergidos en salsa de tomate y... con la cáscara; así que los comensales los cogían con las manos, se los acercaban a la boca, los lamían y luego los cascaban a puñetazos sobre la mesa.” (Familias como la mía. Pág. 45)

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CIR de San Clemente de Sasebas (Gerona). Navidad de 1965.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Ciento ochenta


Qué lugar. Sin duda el fin del mundo. Un erial pedregoso con matas ralas de sabina al que llegué solo en mi viejo Chrysler 180. Me detuve porque ahí se acababa el asfalto. Y la carretera. Bajé. Paseando, a los pocos metros, descubrí que me hallaba en el borde de una terraza fluvial y, al asomarme, en el fondo de aquel abismo oscuro, creí oír el rumor del agua corriendo entre los paredones calizos, o quizá un manantial junto al grupo de chopos que poblaban un saliente del cortado. Decidí volver al coche y, al girarme, vi que este se movía, aproximándose, me sobrepasaba y desaparecía tragado por el límite de la meseta. No me inquietó ya que en su interior iban varias personas, muchas personas diría, en animada conversación y con los rostros sonrientes. Sin embargo, por curiosidad, regresé al filo. Había un camino, una especie de cañada, prolongación quizá de la carretera, que descendía trazando curvas inverosímiles, cerradas y contraperaltadas. El Chrysler se había despeñado, nadie podía conducir con éxito por aquella trocha, quedando volcado, cabeza abajo, en la pequeña explanada contigua a la chopera. Esperé unos instantes antes de tomar una decisión y, de repente, empezaron a salir, de manera rápida pero ordenada, a través de las ventanillas, en dirección a la fuente, los risueños ocupantes. Pese a la distancia y a la poca luz me di cuenta de quiénes eran esas personas; se trataba de los componentes del Club de Lectura en el que yo había participado esa misma tarde. Faltaban algunos. Los que estarían atrapados en el amasijo de hierros retorcidos en que ahora, de improviso, se había convertido el automóvil. Entre los ausentes, mi amigo Esteban, carpintero regional, y Yolanda Pilmo, a la que adoraba. Por cierto, también faltaba yo, a mí tampoco se me veía.       

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Unas piernas

De mi último sueño sólo recuerdo unas piernas desnudas de mujer que asoman entre cartones de embalaje. Lo que no entiendo es que al despertarme supiera a quién pertenecían; a una muchacha de rostro románico que lleva ya un tiempo revoloteando. Quizá el sentido del sueño fuera hacerme notar que no todo su físico era desdeñable. Claro, claro, luego está su intelecto, que todos valoran y aplauden acaloradamente.